Desde el otoño del 96 (XXIV)

martes, 27 de octubre de 2009

Pero pronto empecé a sentirla lejos. Y no me producía ninguna sensación agradable. ¿Qué había sido de tantas cosas, tantas que me resulta imposible enumerarlas? Notaba el frío en mi cama cada día, notaba cómo me faltaba el cariño más esencial de cada día. Los fines de semana salía con mis amigas del otro colegio, y ellas no podían más que notarme decaída, lo cual yo negaba. Jamás les contaría lo que había pasado.

Como al principio, la miraba de reojo. Su flamante cuerpo había perdido toda su gracia en el movimiento, era cierto, pero sus formas esculturales, artísticas, perfecta fuente de inspiración de todo poeta, seguían desafiando la Ley de la Gravedad, recordándome que fueron mías. Sus ojos oscuros parecían más claros, desgastados por el furtivo llanto de cada noche. Su pelo aparecía tan rebelde como el día en que la conocí, con su aspecto descuidado, con su eterna originalidad. Aquella melena brillante, de dulce aroma a frambuesas. Todo me resultaba en ella mil veces más sensual. ¡Cómo deseaba verla sonreír de nuevo! ¡Cuántas cosas le contaría, cuántas risas, cuántos momentos podría compartir con ella! ¿Y si el amor de un hombre la hacía su prisionera? Peor sería el de una mujer. No podría soportar la visión de sus hermosas formas en manos de otra persona, como aquella vez en que Marcos la poseía. No. Era mía. La quería. ¡La quiero! ¿Qué había hecho? Me juré que si conseguía recuperarla, no la volvería a dejar escapar nunca. Al menos lucharía hasta la muerte.

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