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DESDE EL OTOÑO DEL 96 EPUB. MARÍA VALIENTE

viernes, 4 de mayo de 2012

Hoy quería comentaros que en la barra lateral derecha os he dejado un gadget para comprar el libro en formato ebup de "Desde el Otoño del 96" escrito por nuestra compañera y gran amiga mía María Valiente.

El libro que ella misma en los inicios de dicho blog compartió con vosotros en diversas entradas lo tenéis ahora en formato epub para poder leerlo donde queráis y así disfrutar de la historía de amor, enredos, aventuras que viven ambas protagonistas, y por un el precio de tan solo 1 euro.

Además si clicáis en el botón de Share & buy for 0.90€ y escribís un tweet o en facebook que váis a comprar el libro os sale a ese precio.

Por último, deciros que el método de pago es Paypal.




Desde el otoño del 96 (XXVIII)

jueves, 25 de febrero de 2010

Como decía, aquellos días de la primera fase fueron muy hermosos. Esther y yo empezamos a conocernos más a fondo, a compenetrarnos. Sorprendentemente había muchas cosas que, a simple vista, no habíamos sabido apreciar. Pero ahí estábamos, dispuestas a explorar nuevos terrenos, o al menos, yo estaba dispuesta.

Me obsesioné con el tema del sexo cuando ella me regaló el seductor conjunto de ropa interior. Lo interpreté como una indirecta. Tal vez quería aprender, tal vez estaba decidida a dar el paso final, a consolidar su relación con ese sello que era la entrega sexual. El sexo diferencia la amistad entre dos hombres o dos mujeres de algo que viene a ser más serio. Y aunque, en este caso, un beso ya significa atracción, las fuerzas de la naturaleza siempre nos hacen ir más allá.

Una atracción irresistible, pues, tiraba de mi cuerpo cuando observaba el suyo, perfecto. Sin embargo, y contra lo que ella me había inducido a pensar, Esther se resistía a tomar contactos físicos mayores. Es comprensible, de todos modos. Ella se estaba iniciando en todo. Partía de cero. Yo, al menos, había pasado por más experiencias. Mejor dicho, había pasado por todo tipo de experiencias, lo había probado casi todo. Intentaba vivir la vida al máximo por si, por cualquier circunstancia, resultaba esta ser más corta de lo habitual. Prefería tener la oportunidad de arrepentirme de mis actos antes que morir sin conocer todas y cada una de las opciones que se nos presentan a lo largo del camino.

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Desde el otoño del 96 (XXVII)

jueves, 14 de enero de 2010


Capítulo VII

(Sara)


Si algo he aprendido con el paso del tiempo es que hay que tener una serie de prioridades. Por mucho que te agrade una cosa, tal vez debas renunciar a ella por otra que va a resultarte más fructífera a la larga. A veces más vale esperar para obtener algo realmente importante que destrozar ese mismo algo con las ansias de poseerlo en ese justo momento. A veces, también es mejor llevarle la contraria al famoso refrán de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. No hay nada fijo en esta vida. Hay que arriesgarse, también, a veces. Es todo un continuo tira y afloja, un arriesgar y un prevenir, una lista de decisiones que hay que tomar, así funciona la vida. Y hay que saber ganarle la partida.

Y como, ya sumergidos en el mundo de los refranes, “no hay mal que por bien no venga”, todo ese alud de inconvenientes, problemas, dudas y demás trabas desaparecieron al fin, dejando en su lugar una etapa de sosiego y relax ligada al mismo tiempo a momentos de acusada carga emocional, inundados de novedades y sorpresas, la etapa que, convencionalmente, debería haber correspondido a la primera fase de la relación, aunque en nuestro lugar, entre que todo fue fruto de una infidelidad mía, que luego la infidelidad acabó en punto y final de una larga relación, mis emociones a causa del cambio tan a flor de piel y la falta de adaptación a nuestra nueva vida en común por parte de Esther, no se dio, cronológicamente hablando, a su debido tiempo.


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Desde el otoño del 96 (XXVI)

martes, 22 de diciembre de 2009

Por la mañana, ella despertó y con su estremecimiento me despertó a mí.

-¿Qué ha pasado? -dijo. Instintivamente se apartó. Se sentía culpable incluso, de rozarme.

-Tranquila, Sara, no me he aprovechado de ti ni nada parecido. Esta es mi manera de pedirte perdón. Sé que no es fácil perdonarme, me he portado muy mal contigo, pero necesitaba tiempo para aceptarme a mí misma... y aceptar que una persona tan maravillosamente perfecta como tú sienta algo tan especial por mí.

Sara se quedó estupefacta. Al momento, la sonrisa que tanto había deseado ver se dibujó en su pálido rostro, al que regresó milagrosamente su cálido color, y me abrazó con fuerza, riendo, levantándome por los aires y colmándome de besos. Aquellos tiernos besos que no olvidaré nunca. También lloraba, no sabía qué hacer. Pero lo que nunca olvidaré fue su reacción al ver el regalo que le había preparado: un conjunto de ropa interior -carísimo, todo sea dicho- por el que miles de veces la había visto suspirar. Aunque más que un regalo para ella, lo era para mi vista. Ya la imaginaba envuelta en ese tul color violeta, en ese encaje negro que enmarcaba el transparente tul. Ya lo veía contrastando con su hermosa piel, ocultando solamente lo más preciado de su anatomía, aquello que me pertenecía.

Entre la poca tela que componía tan distinguidas prendas, una carta de amor escrita con una sinceridad extrema, que leyó enseguida. El conjunto prometió probárselo más tarde, teníamos que ir rápidamente a desayunar, y aquello “había que verlo con más calma”, dijo ella.

Me asusté un poco: tal vez jamás volviera a verla tan feliz. Bueno está, comenzaba a aprender cómo se le podía agradar. Por el momento, iba bien.



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Desde el otoño del 96 (XXV)

jueves, 12 de noviembre de 2009

Aquella noche empleé la misma táctica que ella empleara en su día, cuando me besó por primera vez. Esperé a que durmiese, y cuando tuve la seguridad de que lo hacía, la besé, metiéndome en su cama. Ni tan siquiera lo notó. Quiero pensar que estaba rendida, que no era un rechazo, pero es algo que nunca le he preguntado. Me decepcionó. Tengo que reconocer que fui muy impaciente, pero más aún habiéndole hecho tanto daño.

Me quedé allí, a su lado, con su suavidad, con su perfume. Con su acompasada respiración. Y me sentí en aquellos momentos como si no fuese digna de alguien tan especial. Había sido una estúpida. Dios... ¡ella dejó a su antiguo amor por mí! Era una luchadora nata. Le venía de siempre. Esa rebeldía suya, ese desafío a todo lo que se le ponía por delante. Su locura. Su alegría, su infinito optimismo. ¿Dónde los había dejado? Con mi huida, me los había llevado a rastras. Toda ella. Toda su belleza y todo su mundo interior. Si yo había conseguido debilitarla hasta tal punto... me amaba, realmente me amaba con delirio. Me brindaba su compañía. Me había dado y me daría más de lo que cualquier persona sería capaz de dar. Y yo lo rechazaba. Realmente no era digna de volver a tomarlo después de lo que le había hecho. Pero la quería. Lo intentaría al menos. Intentaría borrar el pasado. Si ambas nos amábamos, seríamos dichosas unidas. ¿Por qué no intentarlo, pues?



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Desde el otoño del 96 (XXIV)

martes, 27 de octubre de 2009

Pero pronto empecé a sentirla lejos. Y no me producía ninguna sensación agradable. ¿Qué había sido de tantas cosas, tantas que me resulta imposible enumerarlas? Notaba el frío en mi cama cada día, notaba cómo me faltaba el cariño más esencial de cada día. Los fines de semana salía con mis amigas del otro colegio, y ellas no podían más que notarme decaída, lo cual yo negaba. Jamás les contaría lo que había pasado.

Como al principio, la miraba de reojo. Su flamante cuerpo había perdido toda su gracia en el movimiento, era cierto, pero sus formas esculturales, artísticas, perfecta fuente de inspiración de todo poeta, seguían desafiando la Ley de la Gravedad, recordándome que fueron mías. Sus ojos oscuros parecían más claros, desgastados por el furtivo llanto de cada noche. Su pelo aparecía tan rebelde como el día en que la conocí, con su aspecto descuidado, con su eterna originalidad. Aquella melena brillante, de dulce aroma a frambuesas. Todo me resultaba en ella mil veces más sensual. ¡Cómo deseaba verla sonreír de nuevo! ¡Cuántas cosas le contaría, cuántas risas, cuántos momentos podría compartir con ella! ¿Y si el amor de un hombre la hacía su prisionera? Peor sería el de una mujer. No podría soportar la visión de sus hermosas formas en manos de otra persona, como aquella vez en que Marcos la poseía. No. Era mía. La quería. ¡La quiero! ¿Qué había hecho? Me juré que si conseguía recuperarla, no la volvería a dejar escapar nunca. Al menos lucharía hasta la muerte.

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Desde el otoño del 96 (XXIII)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Creo que a Sara nunca se lo habían puesto tan claro. Sé que la gente ha sido directa con ella muchas veces, de ahí ha obtenido ella la fuerza que tiene, pero creo que nunca nadie tan querido para ella le habría dicho algo semejante. Se quedó muda. No anduvo intentando responder a mis gritos. Agachó la cabeza y algo se derrumbó en su interior.

Esa noche no pude dormir. Sabía que lo que le había dicho a Sara era muy fuerte, pero, aún así, era incapaz de pedirle perdón, porque sabía que si lo hacía, volvería con ella. Y yo quería dejar aquella relación. Sara lloraba sin parar en el cuarto de baño, intentando hacer el menor ruido posible, pero lloraba. De vez en cuando paraba, fumaba un cigarro. Salía de allí y me miraba. Entonces yo me hacía la dormida y esperaba que dejase de hacerlo. Ella volvía a entrar en su “cámara de gas”. Lloraba, paraba, fumaba, salía, entraba, lloraba...

No era sólo su ruido lo que me impedía el sueño; tampoco eran los remordimientos que mantenían en mi alma una agonía ineludible. Eran mis verdaderos sentimientos, contra los que quería luchar. El AMOR.

Yo también lloré. Era un llanto amargo. No sabía con exactitud si lo que lo producía era la experiencia pasada, lo malvada que me sentía o que la quería realmente. Sólo sabía que no iba a seguir con algo que me hacía estar a disgusto. No quería ni tan siquiera recordarlo. Sólo quería tener las cosas claras y ser una chica normal. Una vida fácil. No ir contracorriente. Convencionalismos, y ya está.

Los días pasaron sin que nada se arreglase. La veía melancólica e incluso enfermiza, pero eso no hacía más que aumentar mi rabia. ¿Por qué ella precisamente, ella que me había inyectado confusiones me hacía sentir culpable a mí?

Apenas hablábamos.

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Desde el otoño del 96 (XXII)

martes, 8 de septiembre de 2009

Una noche, cuando, como todas las noches (o casi todas), Sara se acostó en mi cama, yo me mostré bastante apática.

-Hey, Esther, ¿por qué te vuelves? ¿estas muy cansada?

-Sí, estoy agotada, Sara.

-Bueno, pero es que además estás muy seria -Sara me empezó a acariciar la espalda. Contra lo que yo quería sentir, aquella sensación ereccionó todo mi cuerpo, y la ternura comenzó a apoderarse de mí. Quería abrazarla, quería besarla, quería acariciarla como tantas veces.

-Déjame, Sara. De verdad, necesito descansar.

-Bueno, bueno, lo dejo. Sólo te pido un besito de buenas noches. Una muestra de cariño... es que últimamente estás muy rara. Y... en fin, ya sé que no puedo obligarte a nada, ni quiero, pero no sé lo que sientes por mí. ¿Fue una aventura de unas pocas semanas o de verdad te importo?

-¡Ya vale, Sara! Deja de decir tonterías, te pones muy pesada -. Tomé aire y dije- Por favor, vete a tu cama. No me preguntes por qué, pero hemos terminado ¿de acuerdo?

-¡No, no estoy de acuerdo! Algo tienes que explicarme, no me puedes dejar y quedarte tan tranquila. Esther, me importas. Dime qué ha pasado para que todo cambie. Haré lo que tú quieras con tal de verte feliz. Oye, estoy dispuesta a cambiar lo que sea. Por favor, Esther, por favor. No me dejes. ¿Hay algún chico de por medio?

-Precisamente, y vete a tu cama ya. Escucha, están todos los chicos de por medio. Eres una enferma mental que pretende contagiarme sus retorcidas ideas. Lo siento si te duele. No voy a enamorarme de ti, ¿entiendes? Tú puedes hacer lo que quieras, pero no me metas en tu vida. Como amiga y ya está. Búscate a otra que yo me buscaré a otro -y recalqué ese “otro”, con tanto reproche contenido que yo misma me estremecí.

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Desde el otoño del 96 (XXI)

martes, 11 de agosto de 2009


Capítulo VI

(Esther)


Creo que he tenido mucha suerte. Nunca me ha gustado tener múltiples relaciones, no he salido con nadie además de Sara, y esto es estupendo. Soy muy feliz. Al principio, me solía preguntar a menudo si lo veía tan especial porque realmente era amor verdadero o porque era la primera relación que tenía en mi vida. Ahora me lo he dejado de preguntar. Estoy enamorada de ella y lo estaré durante el resto de mi existencia. En mi cabeza se amontonan tantos recuerdos bellos... Y me parece mentira que alguna vez fuese capaz de renunciar a todos ellos, simplemente por no aceptarme a mí misma.

Sí, las cosas no podían ir mejor, pero lo estropeé por esa sencilla razón. Era todo tan perfecto que no me parecía que estuviese bien. Ya lo dice el refrán, “lo que no mata, engorda, y lo que no, es pecado”. Y en esta ocasión lo seguí a rajatabla sin darme cuenta. Me hacían tan feliz sus caricias, simplemente su visión. Se me hacían tan cortos los días, tan cortos los fines de semana que solíamos compartir olvidando toda represión, tan largas las horas de clase en las que permanecíamos separadas por unos cuantos pupitres... Y sentí que tanta felicidad se me escapaba de las manos. ¡No podía estar pasándome a mí!

Pero, por otra parte estaba mi lucha interior. A veces me sentía extraña. No sabía lo que quería y no sabía quién era. Mis cánones acerca de cómo debía ser todo se habían visto modificados en poco tiempo. Como mujer se supone que debería amar a un hombre. Se supone. Y le di demasiadas vueltas, empecé a pensar que no era normal, que debía sufrir algún trauma psicológico. Y pronto empecé a pensar que no era algo solamente mío, sino que ese trauma me lo había causado precisamente Sara. Tales eran mis pensamientos, y Sara se preocupaba sin saber exactamente a qué se debía mi actitud distante a veces y amorosa otras. Mis malditas dudas, mi maldita desconfianza.

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Desde el otoño del 96 (XX)

miércoles, 29 de julio de 2009

No puedo guardarle ningún rencor. Yo tampoco le fui fiel. Simplemente nos dimos cuenta de que no éramos el uno para el otro, tal vez demasiado tarde. Aunque, mirándolo desde el punto de vista en que muchos lo hacen una vez casados, puedo decir que me alegro de haberlo descubierto tan pronto. Si no, quizá siguiésemos ahora. Y lo que tengo ahora no lo cambiaría por nada del mundo. Esther es irremplazable. Me da la confianza de una persona de mi mismo sexo compaginándola con el AMOR, con mayúsculas. Todo esto bajo una hermosa presencia que haría las delicias de cualquier amante. Pero en aquel momento me dolió mucho, porque la verdad de la que había intentado huir me había sido desvelada repentinamente. Yo sólo llevaba una semana ocultándole mi romance. Él, tal vez mucho tiempo. La verdad es que nunca he querido saberlo. Pasé unos días en que nada me hacía ilusión, lloraba de vez en cuando, y no contestaba absolutamente a ninguna de sus llamadas. Pero no porque no lo desease, sino por orgullo.

Supongo que toda la rabia que sentí cuando los vi no tenía nada que ver con la infidelidad que él me profería sino con haber sido tan tonta como para jugar con los sentimientos de Esther por alguien que no había sido capaz de guardarme celibato diez o doce días. Pero en aquellos momentos estaba muy confusa y no supe a qué achacarlo. El caso es que vivía como un vegetal.

Ahora bien, esto me unió enormemente a Esther. ¡Qué paciencia tan sublime! Me dio un tiempo para asumir mi nueva situación, no me atosigó aunque desease mi atención y cariño, me consoló, me ayudó a superarlo. Escuchó mi llanto sin queja alguna, y cuando al fin olvidé todo lo ocurrido y lo consideré como una página antigua de mi diario, ella estuvo allí para mí. La verdad es que tener novia es mucho mejor que tener novio. Aunque aún me arrepiento de lo que le hice pasar.

Una mañana me desperté, la sonreí y la besé apasionadamente.

-Te quiero, eres maravillosa. Muchas gracias por soportar todo lo que he cargado sobre tus hombros.

-¡Santo Dios, vuelves a ser la misma de siempre! -me dijo abrazándome-. Yo también te quiero.

Aquélla vez ambas lloramos, pero de emoción.

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Desde el otoño del 96 (XIX)

miércoles, 22 de julio de 2009

Lo que comenzó aquella noche prosiguió aunque muy lentamente, en todos los sentidos. La razón era que teníamos que ir dándonos cuenta de la magnitud de nuestros sentimientos. Puede que simplemente nos atrajésemos físicamente, puede, al contrario, que sólo fuese una profunda amistad y estuviésemos confundidas. Por eso, teníamos que descubrirlo. Pero la gran razón era, por supuesto, Marcos. Hay que reconocer que Esther tenía mucho aguante, porque estaba claro que le dolía aquella situación.

Aún no me he descrito físicamente. La verdad es que resulta difícil dejar atrás la subjetividad, ya sea en un modo de ver las cosas en grado superlativo. Por tanto, sólo diré que soy simple: pelo castaño, con algún que otro mechón ondulado y un poco rebelde. Piel dorada y ojos castaños. Y en ellos, lentillas. En efecto, mi vista tenía un problema de hipermetropía, y me examinaban la vista anualmente, echándome unas gotas en los ojos que me dilataban las pupilas y me tenían varias horas viendo borroso, a causa de toda la luz que innecesariamente percibía. Por tanto, no podía ir sola por la calle después de la consulta.

Pues bien, el dieciocho de Noviembre era una de esas visitas obligadas, por lo cual tuve que pedir un permiso que luego habría de justificar. Después de mucho insistir, la supervisora accedió a que Esther me acompañase, por si me mareaba, pues mi madre no podía “debido a la obligación profesional” -eso era una vil mentira, mi madre podía pedir permiso cuando quisiese-. Por lo tanto, perdimos casi toda la mañana por las calles de la ciudad.

Cuando terminamos, nos dimos una vuelta por las calles cercanas al Centro de Oftalmología. Íbamos hablando animadamente mientras mirábamos los escaparates de las tiendas de ropa, y la casualidad, el destino o lo que quisiese Dios que fuera, puso justo en frente de mis ojos -bien clarito, a pesar del problema- la verdad. Una y cuarto del mediodía, un portal semiabierto, una pelirroja embutida en unos ajustados pantalones y... una mochila conocida, una moto conocida, unos vaqueros conocidos y... ¡una boca muy, muy conocida besando a la pelirroja! De verdad, me sentí como un auténtico reno.

Bromas aparte, fue una puñalada trapera. Se me vino el mundo encima. Tengo que reconocerlo, me llegó al orgullo como una lanza impregnada de veneno.

No me considero una persona en absoluto violenta, pero sé manejarme cuando la ocasión lo requiere. Pero aquella vez no razoné a tiempo, tan sólo seguí mis impulsos. Le pegué una patada en el culo a la pelirroja y clavé mis uñas en el cuello de Marcos. Y corrió la sangre.

“¡Hasta nunca!”. La frase que marcó mi nueva y actual vida.

Pero no sentí rabia. Al instante me hundí en un llanto desconsolado. Media juventud tirada por la borda. Sin preguntas. Sin respuestas. Sin explicaciones.

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Desde el otoño del 96 (XVIII)

lunes, 13 de julio de 2009

Por otra parte, las cosas entre Marcos y yo se estaban enfriando y yo mostraba una actitud pasiva: ni estropeaba las cosas ni las arreglaba. Mantenía, de la mejor forma que podía, separadas mis sensaciones con Esther de mis sensaciones con Marcos, por lo tanto, el amor que sentía por Esther no influía en nuestra relación. Pero él tampoco estaba portándose como el mejor de los hombres. Si me ponía a pensar en cómo eran las cosas antes de marcharme a aquel maldito colegio que ahora se había vuelto encantador, encontraba muchas diferencias en su forma de actuar, pero algo me decía que eso no era exactamente la razón principal por la que las cosas estaban cambiando. Y lo estaban haciendo tan rápido que ni siquiera me daba tiempo a asimilarlo.

¿En qué me basaba para decir eso? Podría dar un sinfín de razones, pero destacaría que sus visitas eran menos frecuentes, y había tomado por costumbre llegar tarde tanto en la hora de la visita como por las mañanas y por las noches. Bien, reconozco que no me importaba e incluso me alegraba a veces, pero la otra parte de mi corazón se resentía poco a poco, y yo acumulaba otro pedacito de tristeza al que prohibía salir al exterior. Otra razón es que su pasión por mí el amor había disminuido notablemente, y se movía como un autómata. Era su rutina. Pero sus besos eran distintos y no tenía en cuenta mis preferencias. Cada vez hablaba menos de sus cosas, y le encontraba un tanto nervioso. Cuando le preguntaba por ello me decía que la Universidad era mucho más difícil que el instituto, y, aunque a él nunca le había importado suspender, ahora se estaba jugando su futuro. Eso decía. ¿De dónde había sacado tanta madurez en tan poco tiempo?

Yo, por mi parte, encontraba mil y una razones para pensar que la culpa recaía sobre mí. Si me visitaba cada vez menos, lo más probable es que no le agradase mi compañía, tal vez me estuviera mostrando más fría y distante con él. ¿O acaso había sido capaz de apreciar mi disyuntiva amorosa? Tal vez llegase tarde para hacerme notar que precisamente eso estaba estropeando nuestra relación. Tal vez. También empecé a dudar de mi atractivo. Por una parte me sentía bella ante los ojos de Esther, aunque sin dejar de dudar al principio si ella sentía algo especial por mí, pero para él, que me había visto tantas y tantas veces, probablemente habría perdido todo mi encanto. Seguro que le aburría. En definitiva, me sentía para Marcos como un muñeco pasado de moda. Sería por la rutina de cada día. Siempre la rutina. Pero los nervios me tenían confundida. Marcos rara vez se ponía nervioso. En cambio, de un tiempo a esta parte, lo más habitual era que lo estuviese. Y no creo que yo tuviese la culpa de ello, aunque le daba muchas vueltas intentando buscar un motivo que cargase sobre mí las culpas.

Pero ya hacía bastante tiempo desde que esta situación comenzó. Más de tres semanas. Diría yo que incluso desde antes de que todo esto empezara. Y en esos momentos me intentaba aferrar a ello y a cualquier cosa con tal de culparle a él, buscando una excusa para dejarle. Sí, me estaba decidiendo. No conocía a Esther en el aspecto amoroso, pero mi corazón me decía que ya apenas quedaba llama en mi fogosa pasión hacia Marcos. Se estaba convirtiendo en cenizas. Pero aún así sabía que podía arrepentirme de esta decisión, y que por una decisión errónea podía hacerle mucho daño a una persona con la que había compartido los mejores años de mi juventud. Por eso me propuse pensármelo mucho más antes de dar el paso final. Y esperar.

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Desde el otoño del 96 (XVII)

martes, 16 de junio de 2009

Capítulo V

(Sara)


Cuando por la mañana desperté, creí que aún seguía soñando. Pero la realidad me presentaba un despertador intransigente que nos puso a las dos en movimiento. Aún así, la realidad seguía siendo hermosa; ella a tan sólo unos centímetros de mi cuerpo. Y yo sintiendo su calor entre las sábanas que nos cubrían. Como una niña imaginé un futuro en el que ambas vivíamos como una pareja consolidada, pero al mismo tiempo sin la atadura que suponen unos papeles. Siempre me había aterrado la idea de esposarme, de encerrarme de por vida con una relación que pudiera revelarse como un error.

Bajé de las nubes para recordar que había un problema, y de gran importancia: yo tenía un novio y una amante, y, en aquel momento, me importaba más mi amante que mi novio. Y ya no era sólo eso, es que estaba tranquila, con la conciencia libre de presiones, y acababa de cometer una infidelidad. De todas formas no lo tenía tan claro, porque... ¿seguiría experimentando esas magníficas sensaciones mañana? Casi tres años no se olvidan así como así.

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Desde el otoño del 96 (XVI)

miércoles, 3 de junio de 2009

Por fin después de tanto tiempo alentando mis miradas, tenía aquella anatomía entre mis manos, y aquellas caricias que con tanto ardor ansiaba que me fuesen otorgadas, concluyeron por fin en cada milímetro de mi piel. La luna inmensa iluminaba la escena proyectando nuestras sombras en la pared, hermoso paisaje que estremecía mi retina con su romántica penumbra.

Todo aquello parecía un sueño. Había estado besándola tanto tiempo... Ahora yacía plácidamente a mi lado, abrazada a mi cintura, y yo a la suya. Temblaba.

-Esther, estás temblado...

-Sí. Sara, tengo que confesarte que tú has sido la primera para mí.

-Bueno, tú has sido la tercera para mí -, le dije besándola en la mejilla-. Tampoco nos llevamos tantas.

-No, no, no lo entiendes. Nunca he estado con nadie... hasta ahora.

-De modo que... ¿todo esto es nuevo para ti? ¡Cielos, pues eres maravillosa!

Ella sonrió y se abrazó más a mi cuerpo.

-Esther...

-Te quiero.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

-Me... me has quitado la palabra de la boca. Te quiero, Esther, te quiero mucho. Me he ido enamorando de ti a pasos agigantados y te has convertido en lo más importante para mí.

-Y ¿qué pasa con Marcos? -me preguntó con carita de ángel.

-Sshh... No hables nada más -, le susurré acariciando sus cabellos. Duérmete en mis brazos. Mañana será otro día. No querría estropear este romántico momento por nada del mundo pensando que acababa de cometer una infidelidad bastante importante, sobre todo y, más que nada, de corazón. No. No podía pensar en ello-. Duérmete.

Desde el otoño del 96 (XV)

viernes, 22 de mayo de 2009

El día pasó lento, denso. Parece que cuanto más deseas que se acabe, más largo se hace. Yo no me quejaba de día, la verdad es que me reí mucho con Esther, que parecía estar eufórica. Para mis adentros pensé que así estaría más agotada y se dormiría antes, por lo tanto, la besaría antes -qué egoísmo el mío-. Pero, aún así, el día era verdaderamente largo.

Por fin llegó la noche. Y me pareció como si se durmiese demasiado rápido. Como si se hiciese la dormida. Pasado un tiempo, creí estar convencida de que realmente dormía, y con los nervios más calmados que la noche anterior, me dispuse a besarla. De nuevo mi cuerpo se estremeció, tal vez más mi subconsciente. Sus labios eran como una fuente de la que brotaba el elixir de la alegría. No quería que acabase ese momento por nada del mundo. La volví a besar, esta vez introduciéndome en ella, compartiendo la humedad de nuestras lenguas. Habría seguido así largo rato si no fuese porque noté que se movía. Intenté coordinar rapidez y sigilo a la hora de meterme en mi cama, y, para mi sorpresa, lo conseguí. Sentí mi aliento salirse de mi boca irregular y fuertemente. Poco a poco, me fui calmando. No me atrevía, aún así, a mirar hacia su cama. El pánico a ser descubierta me empujaba contra la cama y me mantenía inmóvil.

Oí, como un susurro de fondo que los latidos de mi corazón intentaban ocultar, unos pasos hacia mi cama y, aún sabiendo que ya no había remedio, cerré los ojos y me hice la dormida. Casi al instante sentí de nuevo la humedad de sus labios en los míos, con una pasión desbordante. Casi me quedé sin respiración cuando, al abrir los ojos, la encontré encima de mí, con sus rubios cabellos resplandecientes en la oscuridad haciéndome cosquillas en la frente. Acariciando con sus suaves manos mi cuello y mis hombros. Sus ojos se transformaron en una mirada pícara, y en el mismo tono, me dijo:

-Eres tú la persona que amo.

Sus ojos se cerraron y se entreabrió su boca en un gesto insinuante y muy, muy sensual.

-Bésame otra vez, no pares nunca.

-Eres una caja de sorpresas -, contesté con voz entrecortada.

-Bésame -insistió, confundiéndome. Tan pronto se mostraba tímida y mimosa como salvaje y atrevida.

-No puedo más. Te quiero tanto que creo que voy a enloquecer -musité acercándome a su rostro lentamente.

Al instante nos fundimos en un intenso y ansiado abrazo en el que el calor de nuestros cuerpos se mezcló. Liberamos por fin todo lo que escondían nuestros cuerpos, nuestras almas. Fuimos, finalmente, nosotras mismas. Nos besamos apasionadamente y fue mi éxtasis emocional. Nunca había estado tan enamorada, fue... como un fogonazo en mi llama interior, que poco a poco había ido decreciendo, y aunque, como se suele decir, el primer beso nunca se olvida, creo que fue el beso más vivo que me han dado en la vida.

Capítulos anteriores:

Desde el otoño del 96 (XIV)

jueves, 7 de mayo de 2009

Cuando Esther se despertó, por la mañana, en ella no quedaba ni rastro de la tristeza del día anterior. Me sonrió y su sonrisa me pareció la de un ángel.

-Hey, Esther, qué alegre se te ve. Pareces otra.

-Sí, Sara. Hoy es el día más feliz de mi vida.

-Vaya -dije con segundas-. De la noche a la mañana ¿eh? ¿Y eso a qué se debe? ¿Acaso has dormido con tu príncipe azul? Porque para decir que es el día más feliz de tu vida... Venga, ¡suéltalo!

Me di cuenta de que la estaba cogiendo por la cintura, e intenté apartarme disimuladamente.

-Pues... no sé, algo parecido -, prosiguió-. He tenido un sueño muy, muy bonito. Sé que sólo es un sueño, pero si pudiera controlarlo, soñaría lo mismo todas las noches.

-...Y ¿qué has soñado? -le pregunté, temiéndome lo peor.

-He soñado -me dijo en tono confidencial- que la persona por la que estoy loca de amor me besaba, mientras yo dormía. Era tan tierno, Sara, era tan dulce... ¡Parecía tan real! Como si lo hubiese vivido.

Estuvo a punto de salírseme el corazón por la boca. ¿Sería yo, la “persona por la que estaba loca de amor”? Un poco presuntuoso por mi parte. ¿O simplemente había contribuido con mi ternura, mi dulzura y mi realismo a su alegría por otra “persona”? ¿Por qué decía persona, y no especificaba si era chico o chica? Quise preguntarle de quién se trataba. Después de todo, se supone que había confianza, pero tenía demasiado miedo a la respuesta, por lo tanto, opté por conservar mis dudas y continuar con la mayor naturalidad posible, aunque en mi corazón había un pequeño resquicio, un diminuto hueco para la esperanza. Me estaba ocultando quién le gustaba.

-Los sueños a veces se cumplen -, dije casi en un susurro.

-Quién sabe -contestó ella mirándome fijamente a los ojos. Y otra vez me transmitió esa sensación de que era más fuerte de lo que creía, de que sabía perfectamente lo que quería y cómo conseguirlo. Y me asustaba no tener el control de la situación.

Casi temblé, ante su mirada. Me estaba dando la sensación -y no era para menos- de que había descubierto todo el pastel. Quizá necesitase saber algo más sobre el tema. A lo mejor, sí me quería, o al menos le gustaba. Fuese lo que fuese, esa noche esperaba descubrirlo, aunque me daba miedo.


Capítulos anteriores:

Desde el otoño del 96 (XIII)

lunes, 13 de abril de 2009

Me giré lentamente. Sabía que ya dormía, pues llevaba cerca de una hora intentándolo. Los cabellos alborotados escondían su cara pálida, y era lo único que podía ver. Todo su cuerpo estaba cubierto por una gruesa manta impregnada de su dulce aroma, y sobresalían sus manos rosadas apresándola, intentando impedirle el paso al frío nocturno.

Me di cuenta de que mis miembros temblaban de manera incontrolable. No era de frío, era el miedo, que intentaba retener mis actos. Pero lo conseguí dominar. Me acerqué sigilosamente, me puse de rodillas tan cerca de su rostro como pude, y delicadamente aparté su rubia melena. Sus labios estaban entreabiertos y a su través escapaba el cálido aliento. Teniéndolos tan cerca, no pude resistirme más. Era tan guapa... Era todo un sueño.

La besé. La besé con tanta ternura que incluso me pareció que me correspondía. En mi interior era como si estallasen cohetes, y creo recordar que, con tanta alegría, con tanta ilusión, un ardiente llanto recorrió mis mejillas. Luego ese llanto se volvió amargo, porque yo la había besado, pero sin permiso, sin su intervención. Y ¿de qué sirve besar poniendo el corazón cuando es sólo tu corazón el que siente aquel beso? Aún así, decidí que todas las noches le daría un cálido beso cuando durmiese. Quizás era un abuso, pero era mi vía de escape, mi única fuga. Si no lo hacía, reventaba.


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Desde el otoño del 96 (XII)

viernes, 3 de abril de 2009


Capítulo IV

(Sara)


En aquel momento, Esther no lo sabía, pero yo la había visto mirándome. Contrastando conmigo, estaba seria, apesadumbrada. A mí, en cambio, me supuso un alivio saber que, aunque hubiese sido por curiosidad, se había interesado, en mí en mi físico, al menos. Aunque tengo que admitir que también me dolió pensar en la confusión que le podía haber creado. En realidad, me arrepentía de todo. De haberle confesado mi condición sexual, de haberle presentado a Marcos -¿y si yo le gustaba y me había cargado toda oportunidad? No, lo desechaba-. No sabía qué podía pasar por su cabeza o hasta qué punto le podía afectar el compartir habitación conmigo, con mis miradas, porque de verdad me importaba esa chica. Intenté alegrarla de alguna manera, pero ella seguía con aquella melancólica expresión en la mirada. Apenas cruzamos algunas palabras. Cualquier cosa que yo le decía me era contestada con algún monosílabo. Yo no conseguía comprenderlo.

La tarde continuó así. Yo le preguntaba si se encontraba mal. “Me lo puedes contar”, le decía, pero ella me contestaba “No puedo, de verdad, es muy íntimo”. Me preocupaba.

Llegó la noche y se acostó intentando dormirse lo antes posible. Se acurrucó mirando hacia la pared y bajé las luces. Intenté concentrarme en el trabajo de Literatura, que tenía que terminar, pero su actitud conseguía que sólo le diese vueltas y vueltas a la cabeza. Tenía el corazón hecho pedazos, no quería que estuviese triste por nada del mundo. Creo que en esos momentos empecé a amarla de verdad. No podía saber con exactitud lo que le pasaba, pero me resultaba imposible contener mis lágrimas. Esther, con su aspecto delicado, con su alegría, con su maravillosa voz... me había cambiado la vida. Compartían mi corazón su espléndida presencia y Marcos, y no sabía por quién sentía más amor. ¿Y la impotencia de no poder expresarle mis sentimientos? ¿Y la amargura de no poder ayudarla? Tenía tantos sentimientos guardados en mi corazón que nada me importaba además de eso. En esos momentos no había manera de detener mi llanto. Dios, cómo deseaba besarla, decirle que la quería.


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DESDE EL OTOÑO DEL 96 (XI)

lunes, 23 de marzo de 2009

-¡Esther! -me llamó-. Ven aquí, quiero presentarte a Marcos, mi novio.

Me acerqué con la mejor sonrisa que conseguí fingir y pronuncié un hola bastante ahogado.

-Supongo que no te habrá molestado el numerito. Lo siento, pero en ese justo momento no podía parar, ya sabes. Ah, mira... este es Marcos. Marcos, Esther. Es una chica guapísima, pero no te enamores de ella ¿eh?

El cambio de perspectiva me mostró el rostro de aquel chico al que pocos segundos atrás había comenzado a odiar. Era un rostro aflautado, aniñado y al mismo tiempo varonil, con mirada pícara de Lazarillo que acaba de cometer una travesura. Labios finos de mentiroso, vestimenta un tanto heavy, pero una globalidad convincentemente explosiva de diversión y legalidad que yo dudaba tal vez por mi subjetivo estado de ánimo.

Le saludé y sonreí ante lo último que Sara había dicho, pero con el corazón en un puño. Se me vino el mundo encima, imaginando que por lo que me había mirado tantas veces es porque le gustaría parecerse a mí, y que ahora tenía miedo de que yo le quitase el novio. Poco después pude comprobar, aliviada, que me equivocaba al pensar eso. Y, por supuesto, Marcos jamás me miró con esos ojos. Nunca hubo conexión entre nosotros.

Me resultó muy cómico ver a Marcos salir por la ventana. De verdad, ¿nunca le habían pillado? No imaginé que esas cosas pasasen en la realidad. Lo cierto es que, para mi desgracia, había tenido suerte en que la ventana estuviese en un maldito primer piso que daba a la parte trasera.


-Venga, Esther, vamos al comedor, que me muero de hambre.

La voz de Sara me sacó de aquel estado de parálisis en que me encontraba.

-No me extraña, Sara, no me extraña.

Sinceramente, estaba con los ánimos a ras del suelo. Aquella torre de naipes que tan pausada y delicadamente había estado construyendo se derruía con un simple suspiro de entre aquellos que acababa de escuchar.

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DESDE EL OTOÑO DEL 96 (X)

miércoles, 11 de marzo de 2009

Con todo el descaro del mundo, Sara se había fugado las dos últimas horas excusándose con un tremendo mareo porque le había bajado el periodo. Simplemente estaba aburrida y no se había estudiado el tema de Historia que iban a preguntar.

A mí se me estaba haciendo eterna la mañana, por lo tanto me dediqué a pintarrajear los libros. Instintivamente dibujé un corazón y en él una “S”. Al momento, me sobresalté. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso me estaba enamorando de ella? Me sentía realmente extraña. Ella me dedicaba fogosas miradas cada vez que me cambiaba de ropa, miradas que intentaba disimular, pero se sonrojaba, incapaz de ocultar su ardiente deseo. Por lo tanto, le gustaba. Y me encantaba verla así por mí. Pero no le solía corresponder. Me gustaba, por mucho que quisiera evitarlo, pero necesitaba sentir que ella soñaba conmigo, ver hasta dónde era capaz de llegar. Además, sería incapaz de dar un primer paso.

Por fin sonó el timbre, y, alegremente, fui a dejar los libros a la habitación. Tenía mucha hambre, y esperaba llegar, recoger enseguida a Sara e irnos lo más rápido posible al comedor. Pero cuál fue mi sorpresa cuando abrí la puerta y lo primero que vi fue la silueta de Marcos moviéndose rítmicamente sobre ella. Los suspiros y gemidos de ambos eran como un ronroneo lejano, pero para mí fue como un chillido sordo taladrando mis tímpanos.

No dije nada, pues, entre otras cosas, no mostraron ningún sobresalto ante mi presencia -si es que llegaron a notarla en ese momento-. Simplemente me dirigí a mi cama, dejé los libros sobre esta y entré en el baño, sin cerrar la puerta. Mi corazón latía fuertemente superando la velocidad de sus embestidas, pero yo no podía más que observar el hermoso cuerpo de mi compañera de habitación, seductor, voluptuoso, firme. Si me propusiese describir cada parte de su cuerpo, jamás acabaría, dado el gran número de hermosas cualidades que posee. No sólo es la forma; la elegancia de sus movimientos, su piel... todo se fundía en un conjunto asombroso e indescriptible cuando daba rienda suelta a su pasión y le impregnaba el perfume de la ambrosía. Sobre tanto esplendor, el escuálido Marcos, que, sin ser feo, contrastaba con la magnificencia de Sara, robándome aquel cuerpo y negándome su completa visión. Yo le fulminaba con la mirada, inyectada en odio. ¿Por qué él y no yo? Noté cómo mi vientre se revolvía en un ardor que me empapaba de un sentimiento incontrolable y convulsivo. Y, en contraste, mi garganta cortándole el paso a las dolorosas lágrimas que abrasaban mi alma.

Por fin cesó el maldito crujir de la madera que constituía el armazón de aquella cama a la que también envidiaba por gozar del tacto de la musa, y me escondí, nerviosa. Oí a Marcos maldecir la hora, pues eran las tres y diez. Llegaba tarde a casa. Sara se sobresaltó y se vistió quizá en menos tiempo que el que habría empleado en desnudarse haría al menos media hora.

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