Desde el otoño del 96 (XIX)

miércoles, 22 de julio de 2009

Lo que comenzó aquella noche prosiguió aunque muy lentamente, en todos los sentidos. La razón era que teníamos que ir dándonos cuenta de la magnitud de nuestros sentimientos. Puede que simplemente nos atrajésemos físicamente, puede, al contrario, que sólo fuese una profunda amistad y estuviésemos confundidas. Por eso, teníamos que descubrirlo. Pero la gran razón era, por supuesto, Marcos. Hay que reconocer que Esther tenía mucho aguante, porque estaba claro que le dolía aquella situación.

Aún no me he descrito físicamente. La verdad es que resulta difícil dejar atrás la subjetividad, ya sea en un modo de ver las cosas en grado superlativo. Por tanto, sólo diré que soy simple: pelo castaño, con algún que otro mechón ondulado y un poco rebelde. Piel dorada y ojos castaños. Y en ellos, lentillas. En efecto, mi vista tenía un problema de hipermetropía, y me examinaban la vista anualmente, echándome unas gotas en los ojos que me dilataban las pupilas y me tenían varias horas viendo borroso, a causa de toda la luz que innecesariamente percibía. Por tanto, no podía ir sola por la calle después de la consulta.

Pues bien, el dieciocho de Noviembre era una de esas visitas obligadas, por lo cual tuve que pedir un permiso que luego habría de justificar. Después de mucho insistir, la supervisora accedió a que Esther me acompañase, por si me mareaba, pues mi madre no podía “debido a la obligación profesional” -eso era una vil mentira, mi madre podía pedir permiso cuando quisiese-. Por lo tanto, perdimos casi toda la mañana por las calles de la ciudad.

Cuando terminamos, nos dimos una vuelta por las calles cercanas al Centro de Oftalmología. Íbamos hablando animadamente mientras mirábamos los escaparates de las tiendas de ropa, y la casualidad, el destino o lo que quisiese Dios que fuera, puso justo en frente de mis ojos -bien clarito, a pesar del problema- la verdad. Una y cuarto del mediodía, un portal semiabierto, una pelirroja embutida en unos ajustados pantalones y... una mochila conocida, una moto conocida, unos vaqueros conocidos y... ¡una boca muy, muy conocida besando a la pelirroja! De verdad, me sentí como un auténtico reno.

Bromas aparte, fue una puñalada trapera. Se me vino el mundo encima. Tengo que reconocerlo, me llegó al orgullo como una lanza impregnada de veneno.

No me considero una persona en absoluto violenta, pero sé manejarme cuando la ocasión lo requiere. Pero aquella vez no razoné a tiempo, tan sólo seguí mis impulsos. Le pegué una patada en el culo a la pelirroja y clavé mis uñas en el cuello de Marcos. Y corrió la sangre.

“¡Hasta nunca!”. La frase que marcó mi nueva y actual vida.

Pero no sentí rabia. Al instante me hundí en un llanto desconsolado. Media juventud tirada por la borda. Sin preguntas. Sin respuestas. Sin explicaciones.

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10 comentarios:

Maca! dijo...

me gusto mucho, esa confusion nos asalto a todas creo yo!

XX besos!

Drea dijo...

Sí, yo también me sentí así.

Gargon dijo...

jo, yo tengo el libro un poco dejado, pero no olvidado.

Drea dijo...

Amos, Gargon, que no te interesa, que te está aburriendo...

Gargon dijo...

Pues no no me aburre, está muy chulo, pero soy mu perro.

Drea dijo...

Lo decía para picarte, jejeje.

Sergio dijo...

Drea preciosa manera de terminar una relación, además no deseada.

Saludos

Drea dijo...

O sí que fue deseada en otro tiempo...

Gabysss25 dijo...

Como me intriga el desenlace de esta novelita jaja. Me tiene loca!!!

Drea dijo...

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