Desde el otoño del 96 (XVIII)

lunes, 13 de julio de 2009

Por otra parte, las cosas entre Marcos y yo se estaban enfriando y yo mostraba una actitud pasiva: ni estropeaba las cosas ni las arreglaba. Mantenía, de la mejor forma que podía, separadas mis sensaciones con Esther de mis sensaciones con Marcos, por lo tanto, el amor que sentía por Esther no influía en nuestra relación. Pero él tampoco estaba portándose como el mejor de los hombres. Si me ponía a pensar en cómo eran las cosas antes de marcharme a aquel maldito colegio que ahora se había vuelto encantador, encontraba muchas diferencias en su forma de actuar, pero algo me decía que eso no era exactamente la razón principal por la que las cosas estaban cambiando. Y lo estaban haciendo tan rápido que ni siquiera me daba tiempo a asimilarlo.

¿En qué me basaba para decir eso? Podría dar un sinfín de razones, pero destacaría que sus visitas eran menos frecuentes, y había tomado por costumbre llegar tarde tanto en la hora de la visita como por las mañanas y por las noches. Bien, reconozco que no me importaba e incluso me alegraba a veces, pero la otra parte de mi corazón se resentía poco a poco, y yo acumulaba otro pedacito de tristeza al que prohibía salir al exterior. Otra razón es que su pasión por mí el amor había disminuido notablemente, y se movía como un autómata. Era su rutina. Pero sus besos eran distintos y no tenía en cuenta mis preferencias. Cada vez hablaba menos de sus cosas, y le encontraba un tanto nervioso. Cuando le preguntaba por ello me decía que la Universidad era mucho más difícil que el instituto, y, aunque a él nunca le había importado suspender, ahora se estaba jugando su futuro. Eso decía. ¿De dónde había sacado tanta madurez en tan poco tiempo?

Yo, por mi parte, encontraba mil y una razones para pensar que la culpa recaía sobre mí. Si me visitaba cada vez menos, lo más probable es que no le agradase mi compañía, tal vez me estuviera mostrando más fría y distante con él. ¿O acaso había sido capaz de apreciar mi disyuntiva amorosa? Tal vez llegase tarde para hacerme notar que precisamente eso estaba estropeando nuestra relación. Tal vez. También empecé a dudar de mi atractivo. Por una parte me sentía bella ante los ojos de Esther, aunque sin dejar de dudar al principio si ella sentía algo especial por mí, pero para él, que me había visto tantas y tantas veces, probablemente habría perdido todo mi encanto. Seguro que le aburría. En definitiva, me sentía para Marcos como un muñeco pasado de moda. Sería por la rutina de cada día. Siempre la rutina. Pero los nervios me tenían confundida. Marcos rara vez se ponía nervioso. En cambio, de un tiempo a esta parte, lo más habitual era que lo estuviese. Y no creo que yo tuviese la culpa de ello, aunque le daba muchas vueltas intentando buscar un motivo que cargase sobre mí las culpas.

Pero ya hacía bastante tiempo desde que esta situación comenzó. Más de tres semanas. Diría yo que incluso desde antes de que todo esto empezara. Y en esos momentos me intentaba aferrar a ello y a cualquier cosa con tal de culparle a él, buscando una excusa para dejarle. Sí, me estaba decidiendo. No conocía a Esther en el aspecto amoroso, pero mi corazón me decía que ya apenas quedaba llama en mi fogosa pasión hacia Marcos. Se estaba convirtiendo en cenizas. Pero aún así sabía que podía arrepentirme de esta decisión, y que por una decisión errónea podía hacerle mucho daño a una persona con la que había compartido los mejores años de mi juventud. Por eso me propuse pensármelo mucho más antes de dar el paso final. Y esperar.

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2 comentarios:

Sergio dijo...

Drea ya leí el libro completo, pero aun así sigo leyendo cada partecita que publicas, siempre me es interesante volver a leerlo.

Un abrazo

Drea dijo...

Vaya sorpresa!! De modo que lo leíste ya... Supongo que más o menos te gustó para que estés repitiendo...