Desde el otoño del 96 (XXVIII)

jueves, 25 de febrero de 2010

Como decía, aquellos días de la primera fase fueron muy hermosos. Esther y yo empezamos a conocernos más a fondo, a compenetrarnos. Sorprendentemente había muchas cosas que, a simple vista, no habíamos sabido apreciar. Pero ahí estábamos, dispuestas a explorar nuevos terrenos, o al menos, yo estaba dispuesta.

Me obsesioné con el tema del sexo cuando ella me regaló el seductor conjunto de ropa interior. Lo interpreté como una indirecta. Tal vez quería aprender, tal vez estaba decidida a dar el paso final, a consolidar su relación con ese sello que era la entrega sexual. El sexo diferencia la amistad entre dos hombres o dos mujeres de algo que viene a ser más serio. Y aunque, en este caso, un beso ya significa atracción, las fuerzas de la naturaleza siempre nos hacen ir más allá.

Una atracción irresistible, pues, tiraba de mi cuerpo cuando observaba el suyo, perfecto. Sin embargo, y contra lo que ella me había inducido a pensar, Esther se resistía a tomar contactos físicos mayores. Es comprensible, de todos modos. Ella se estaba iniciando en todo. Partía de cero. Yo, al menos, había pasado por más experiencias. Mejor dicho, había pasado por todo tipo de experiencias, lo había probado casi todo. Intentaba vivir la vida al máximo por si, por cualquier circunstancia, resultaba esta ser más corta de lo habitual. Prefería tener la oportunidad de arrepentirme de mis actos antes que morir sin conocer todas y cada una de las opciones que se nos presentan a lo largo del camino.

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