DESDE EL OTOÑO DEL 96 (X)

miércoles, 11 de marzo de 2009

Con todo el descaro del mundo, Sara se había fugado las dos últimas horas excusándose con un tremendo mareo porque le había bajado el periodo. Simplemente estaba aburrida y no se había estudiado el tema de Historia que iban a preguntar.

A mí se me estaba haciendo eterna la mañana, por lo tanto me dediqué a pintarrajear los libros. Instintivamente dibujé un corazón y en él una “S”. Al momento, me sobresalté. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso me estaba enamorando de ella? Me sentía realmente extraña. Ella me dedicaba fogosas miradas cada vez que me cambiaba de ropa, miradas que intentaba disimular, pero se sonrojaba, incapaz de ocultar su ardiente deseo. Por lo tanto, le gustaba. Y me encantaba verla así por mí. Pero no le solía corresponder. Me gustaba, por mucho que quisiera evitarlo, pero necesitaba sentir que ella soñaba conmigo, ver hasta dónde era capaz de llegar. Además, sería incapaz de dar un primer paso.

Por fin sonó el timbre, y, alegremente, fui a dejar los libros a la habitación. Tenía mucha hambre, y esperaba llegar, recoger enseguida a Sara e irnos lo más rápido posible al comedor. Pero cuál fue mi sorpresa cuando abrí la puerta y lo primero que vi fue la silueta de Marcos moviéndose rítmicamente sobre ella. Los suspiros y gemidos de ambos eran como un ronroneo lejano, pero para mí fue como un chillido sordo taladrando mis tímpanos.

No dije nada, pues, entre otras cosas, no mostraron ningún sobresalto ante mi presencia -si es que llegaron a notarla en ese momento-. Simplemente me dirigí a mi cama, dejé los libros sobre esta y entré en el baño, sin cerrar la puerta. Mi corazón latía fuertemente superando la velocidad de sus embestidas, pero yo no podía más que observar el hermoso cuerpo de mi compañera de habitación, seductor, voluptuoso, firme. Si me propusiese describir cada parte de su cuerpo, jamás acabaría, dado el gran número de hermosas cualidades que posee. No sólo es la forma; la elegancia de sus movimientos, su piel... todo se fundía en un conjunto asombroso e indescriptible cuando daba rienda suelta a su pasión y le impregnaba el perfume de la ambrosía. Sobre tanto esplendor, el escuálido Marcos, que, sin ser feo, contrastaba con la magnificencia de Sara, robándome aquel cuerpo y negándome su completa visión. Yo le fulminaba con la mirada, inyectada en odio. ¿Por qué él y no yo? Noté cómo mi vientre se revolvía en un ardor que me empapaba de un sentimiento incontrolable y convulsivo. Y, en contraste, mi garganta cortándole el paso a las dolorosas lágrimas que abrasaban mi alma.

Por fin cesó el maldito crujir de la madera que constituía el armazón de aquella cama a la que también envidiaba por gozar del tacto de la musa, y me escondí, nerviosa. Oí a Marcos maldecir la hora, pues eran las tres y diez. Llegaba tarde a casa. Sara se sobresaltó y se vistió quizá en menos tiempo que el que habría empleado en desnudarse haría al menos media hora.

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