DESDE EL OTOÑO DEL 96 (III)

martes, 16 de diciembre de 2008

Y tanto que era un chollo. Las cosas se habían complicado desde que mis padres me habían enviado a ese maldito centro. Estaban convencidos de que suspendía porque pasaba demasiado tiempo con Marcos. Simplemente no me llevaba muy bien con la gente de la clase, digamos que no encajaba, y eso me provocaba muchas tensiones. La parte buena era que mis padres no entraban constantemente en mi habitación. La supervisora no solía pasar casi nunca del pasillo, desde el que nos gritaba órdenes como si fuera un sargento. Por desgracia, de la puerta para fuera, no nos quitaba el ojo de encima. La parte mala era que sólo tenía pijas a mi alrededor, y lo único que sabían hacer era criticar. De modo que no había cambiado mucho. Yo no sé cómo a mis padres les dio el dinero para costear eso.

Pero lo más doloroso fue el tránsito de ver a Marcos todos los días a verle sólo de vez en cuando. Puesto que el colegio estaba a las afueras, tenía que coger la moto y desplazarse desde la Universidad, que se encontraba en la otra punta de la ciudad, hasta mi colegio. Debía aparcar fuera y entrar por la ventana de mi cuarto. Esa era mi suerte: una ventana accesible en un primer piso en el que mi habitación daba a la parte trasera. El desnivel del suelo, más alto aquí que en la entrada, impedía que hubiese ventanas en el bajo, otro punto a favor, por lo que desde dentro no le verían. Había veces que no podía, y sólo nos veíamos en la hora de las visitas por la tarde, y así, el fin de semana eran doblemente el momento más esperado para ambos. Porque, en un principio, nos divertía correr el riesgo de ser descubiertos en mi habitación, pero tras las quejas de Patricia la tensión se multiplicó, y así, los fines de semana pasaron a ser toda una aventura, aunque solamente era excitante cuando no discutíamos, y eso sucedía cada vez menos a menudo. Después de casi tres años, la relación se había ido enfriando poco a poco, pero no porque se metiese alguien en medio, sino porque no éramos la pareja perfecta y eso nos lo demostraría el destino.

En esos momentos estábamos pasando una temporada bastante buena, creo recordar. Por lo tanto, enseguida se me abalanzó y me tumbó en la cama. Los besos dieron paso al sexo y acabamos haciendo el amor (a fin de cuentas a eso iba él allí). Luego estuvimos acurrucados, amándonos en silencio todo el tiempo que pudimos. El día concluyó y mi último gesto fue una sonrisa de satisfacción.


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Es una obra de autor anónimo, pero sujeta a derechos de autor.

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2 comentarios:

Kato dijo...

mmm creo que me perdí... tiene pinta hetero...

Drea dijo...

Ya lo irás viendo Kato...