DESDE LOS RINCONES DE MI MENTE: LA TESTIGO

miércoles, 10 de diciembre de 2008



La testigo.

Estaba allí, sentada junto a la barra, con la cerveza calentándose por momentos sin que me importara demasiado. Estaba allí cuando las vi.

Estaban las dos, una frente a otra.

Una levantó la mirada, entre tímida y decidida. La otra la miró, con el deseo contenido tras sus oscuros ojos. La primera empezó a acercarse. Para los demás podría estar bailando, pero yo me había fijado, todos sus movimientos la llevaban directamente a la segunda. Ésta empezó a moverse también. Era un baile en silencio, era un baile que nada tenía que ver con la música. Ellas estaban bailando la una para la otra, y yo sólo observaba.

Se me pasó por la cabeza la idea de que estaba mal mirarlas así, tan descaradamente. Era un momento íntimo. Era el primer acercamiento definitivo, y yo no pintaba nada allí. Pero tenía que mirarlas. Ese sentimiento que palpitaba entre las dos era digno de verse. Era como una película. Necesitaban un público, un testigo. Y para eso estaba yo. Además, ellas ni siquiera eran conscientes de mi existencia.

Cuanto más se acercaban la una a la otra, más rápido me latía el corazón. Apenas las separaban unos centímetros. La más alta le ofreció su mano a la otra, como un perfecto caballero que te invita bailar. La otra chica aceptó con una sonrisa su invitación. Empezaron a moverse, cada vez más juntas. Entonces, todo se volvió confuso. Ocurrió demasiado deprisa.

Una posó la mano sobre el cuello de la otra. Ésta levantó la cabeza con la esperanza escrita en su rostro. Y, sin saber cómo, ya no sabía dónde empezaba una y dónde acababa la otra. Era un beso intenso, lleno de amor, pasión, ternura, deseo, esperanza, libertad, sueños... Era un beso especial. Único.

Y yo seguí ahí, mirándolas como si toda mi vida se resumiera en ese beso.

Y fue ahí cuando me di cuenta de que no merecía la pena ver tu historia de amor desde fuera. Así que decidí mirarla desde dentro.


Abrí los ojos, respirando entrecortadamente. Sus labios me buscaban. Los míos respondían a sus besos sin pensar. Mis manos buscaban el calor de su cuerpo. Noté que me dolían los pies por estar de puntillas, pero no me importaba. Me pasaría la vida entera de puntillas sólo por no despegarme de ella.

- Vámonos de aquí -fue todo lo que pude decir entre beso y beso.
- Pensaba que no lo ibas a decir nunca -respondió, con las mejillas encendidas por el deseo.

Y así fue. Nos fuimos de aquel bar donde fui testigo del principio de esta historia.

2 comentarios:

Kato dijo...

muy romántica!
me ha gustado no había leído algo tan bonito.

Drea dijo...

Desde luego, es genial. Por eso se lo pedí.