DESDE EL OTOÑO DEL 96 (IX)

jueves, 26 de febrero de 2009

Capítulo III

(Esther)


Cuando la puerta se abrió, había una chica sentada en el escritorio, estudiando, al parecer. En esos momentos, todavía no había apreciado realmente su belleza. Luego se levantó para saludarme, y su carácter se me antojó sencillo, natural, agradable. Sus cabellos, pardos, rizados y desaliñados, le daban un toque de rebeldía. Sus ojos estaban enmarcados por unas largas y negras pestañas. Su boca era el mejor refugio para cualquier otra boca. Sus labios eran rojizos, eran sedosos. Sus facciones eran delicadas, su anatomía, perfecta. Como ya he dicho, no aprecié su belleza de manera especial. Simplemente me resultó preciosa, de ese tipo de chicas a las que te gustaría parecerte. Y parecía marcar su propio estilo. Pero cuando me manifestó sus preferencias sexuales, mi punto de vista cambió por completo. De repente, sin saber por qué, sus palabras me produjeron un cosquilleo por todo el cuerpo. Recuerdo que justo en ese momento tenía entre mis manos uno de mis sujetadores, y me estremecí pensando en una relación sexual con ella. Tengo que reconocer que, a pesar de tener un buen físico (según dicen, porque yo me veo muy normal), no había tenido ninguna relación. Precisamente porque los chicos son así, lo primero y lo único que suelen ver en una chica es el físico, y nunca quise una relación basada en algo tan superficial. Pero, volviendo al tema, no se me ocurrió que yo le pudiese gustar porque, al parecer, yo le había resultado una especie de... ¿cómo decirlo? Mojigata.

Me extrañé de esa sensación. Le di vueltas aquella noche, y recordé entonces que cuando había visto alguna mujer desnuda, había sido incapaz de dejar de recorrerla con la mirada. Más tarde hablé de esto con Sara. ¿Cuántas veces le habría sucedido a ella? Pero yo no podía aceptar que me pudiera pasar a mí. En ella no lo veía tan extraño, pero sentirlo en mi propia piel era algo muy distinto. Estuve escondiendo mis sentimientos todo el tiempo que pude. Me resistía a reconocerlo.

Pasaron los días, y Sara y yo habíamos ido tomándonos confianzas. Éramos inseparables, y eso despertó rumores en el colegio. A ella no pareció importarle mucho. En realidad era fuerte. A mí me provocaba un morbo que no sabía describir, pero intentaba atenuarlo, como el resto de mis nuevos sentimientos.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Es una obra de autor anónimo, pero sujeta a derechos de autor.

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4 comentarios:

Gargon dijo...

Me gusta el rumbo que toma esto.

Drea dijo...

Uys, pues no has leído nada.

Sergio dijo...

Drea sólo para saludarte y desearte un feliz fin de semana y que se te cumplan todos tus deseos.

Saludos y cuídate, se feliz

Drea dijo...

Que pases un buen fin de semana!! Eres muy detallista.