Desde el otoño del 96 (XV)

viernes, 22 de mayo de 2009

El día pasó lento, denso. Parece que cuanto más deseas que se acabe, más largo se hace. Yo no me quejaba de día, la verdad es que me reí mucho con Esther, que parecía estar eufórica. Para mis adentros pensé que así estaría más agotada y se dormiría antes, por lo tanto, la besaría antes -qué egoísmo el mío-. Pero, aún así, el día era verdaderamente largo.

Por fin llegó la noche. Y me pareció como si se durmiese demasiado rápido. Como si se hiciese la dormida. Pasado un tiempo, creí estar convencida de que realmente dormía, y con los nervios más calmados que la noche anterior, me dispuse a besarla. De nuevo mi cuerpo se estremeció, tal vez más mi subconsciente. Sus labios eran como una fuente de la que brotaba el elixir de la alegría. No quería que acabase ese momento por nada del mundo. La volví a besar, esta vez introduciéndome en ella, compartiendo la humedad de nuestras lenguas. Habría seguido así largo rato si no fuese porque noté que se movía. Intenté coordinar rapidez y sigilo a la hora de meterme en mi cama, y, para mi sorpresa, lo conseguí. Sentí mi aliento salirse de mi boca irregular y fuertemente. Poco a poco, me fui calmando. No me atrevía, aún así, a mirar hacia su cama. El pánico a ser descubierta me empujaba contra la cama y me mantenía inmóvil.

Oí, como un susurro de fondo que los latidos de mi corazón intentaban ocultar, unos pasos hacia mi cama y, aún sabiendo que ya no había remedio, cerré los ojos y me hice la dormida. Casi al instante sentí de nuevo la humedad de sus labios en los míos, con una pasión desbordante. Casi me quedé sin respiración cuando, al abrir los ojos, la encontré encima de mí, con sus rubios cabellos resplandecientes en la oscuridad haciéndome cosquillas en la frente. Acariciando con sus suaves manos mi cuello y mis hombros. Sus ojos se transformaron en una mirada pícara, y en el mismo tono, me dijo:

-Eres tú la persona que amo.

Sus ojos se cerraron y se entreabrió su boca en un gesto insinuante y muy, muy sensual.

-Bésame otra vez, no pares nunca.

-Eres una caja de sorpresas -, contesté con voz entrecortada.

-Bésame -insistió, confundiéndome. Tan pronto se mostraba tímida y mimosa como salvaje y atrevida.

-No puedo más. Te quiero tanto que creo que voy a enloquecer -musité acercándome a su rostro lentamente.

Al instante nos fundimos en un intenso y ansiado abrazo en el que el calor de nuestros cuerpos se mezcló. Liberamos por fin todo lo que escondían nuestros cuerpos, nuestras almas. Fuimos, finalmente, nosotras mismas. Nos besamos apasionadamente y fue mi éxtasis emocional. Nunca había estado tan enamorada, fue... como un fogonazo en mi llama interior, que poco a poco había ido decreciendo, y aunque, como se suele decir, el primer beso nunca se olvida, creo que fue el beso más vivo que me han dado en la vida.

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