Desde el otoño del 96 (XXII)

martes, 8 de septiembre de 2009

Una noche, cuando, como todas las noches (o casi todas), Sara se acostó en mi cama, yo me mostré bastante apática.

-Hey, Esther, ¿por qué te vuelves? ¿estas muy cansada?

-Sí, estoy agotada, Sara.

-Bueno, pero es que además estás muy seria -Sara me empezó a acariciar la espalda. Contra lo que yo quería sentir, aquella sensación ereccionó todo mi cuerpo, y la ternura comenzó a apoderarse de mí. Quería abrazarla, quería besarla, quería acariciarla como tantas veces.

-Déjame, Sara. De verdad, necesito descansar.

-Bueno, bueno, lo dejo. Sólo te pido un besito de buenas noches. Una muestra de cariño... es que últimamente estás muy rara. Y... en fin, ya sé que no puedo obligarte a nada, ni quiero, pero no sé lo que sientes por mí. ¿Fue una aventura de unas pocas semanas o de verdad te importo?

-¡Ya vale, Sara! Deja de decir tonterías, te pones muy pesada -. Tomé aire y dije- Por favor, vete a tu cama. No me preguntes por qué, pero hemos terminado ¿de acuerdo?

-¡No, no estoy de acuerdo! Algo tienes que explicarme, no me puedes dejar y quedarte tan tranquila. Esther, me importas. Dime qué ha pasado para que todo cambie. Haré lo que tú quieras con tal de verte feliz. Oye, estoy dispuesta a cambiar lo que sea. Por favor, Esther, por favor. No me dejes. ¿Hay algún chico de por medio?

-Precisamente, y vete a tu cama ya. Escucha, están todos los chicos de por medio. Eres una enferma mental que pretende contagiarme sus retorcidas ideas. Lo siento si te duele. No voy a enamorarme de ti, ¿entiendes? Tú puedes hacer lo que quieras, pero no me metas en tu vida. Como amiga y ya está. Búscate a otra que yo me buscaré a otro -y recalqué ese “otro”, con tanto reproche contenido que yo misma me estremecí.

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