Desde el otoño del 96 (XXIII)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Creo que a Sara nunca se lo habían puesto tan claro. Sé que la gente ha sido directa con ella muchas veces, de ahí ha obtenido ella la fuerza que tiene, pero creo que nunca nadie tan querido para ella le habría dicho algo semejante. Se quedó muda. No anduvo intentando responder a mis gritos. Agachó la cabeza y algo se derrumbó en su interior.

Esa noche no pude dormir. Sabía que lo que le había dicho a Sara era muy fuerte, pero, aún así, era incapaz de pedirle perdón, porque sabía que si lo hacía, volvería con ella. Y yo quería dejar aquella relación. Sara lloraba sin parar en el cuarto de baño, intentando hacer el menor ruido posible, pero lloraba. De vez en cuando paraba, fumaba un cigarro. Salía de allí y me miraba. Entonces yo me hacía la dormida y esperaba que dejase de hacerlo. Ella volvía a entrar en su “cámara de gas”. Lloraba, paraba, fumaba, salía, entraba, lloraba...

No era sólo su ruido lo que me impedía el sueño; tampoco eran los remordimientos que mantenían en mi alma una agonía ineludible. Eran mis verdaderos sentimientos, contra los que quería luchar. El AMOR.

Yo también lloré. Era un llanto amargo. No sabía con exactitud si lo que lo producía era la experiencia pasada, lo malvada que me sentía o que la quería realmente. Sólo sabía que no iba a seguir con algo que me hacía estar a disgusto. No quería ni tan siquiera recordarlo. Sólo quería tener las cosas claras y ser una chica normal. Una vida fácil. No ir contracorriente. Convencionalismos, y ya está.

Los días pasaron sin que nada se arreglase. La veía melancólica e incluso enfermiza, pero eso no hacía más que aumentar mi rabia. ¿Por qué ella precisamente, ella que me había inyectado confusiones me hacía sentir culpable a mí?

Apenas hablábamos.

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