Desde el otoño del 96 (XXVI)

martes, 22 de diciembre de 2009

Por la mañana, ella despertó y con su estremecimiento me despertó a mí.

-¿Qué ha pasado? -dijo. Instintivamente se apartó. Se sentía culpable incluso, de rozarme.

-Tranquila, Sara, no me he aprovechado de ti ni nada parecido. Esta es mi manera de pedirte perdón. Sé que no es fácil perdonarme, me he portado muy mal contigo, pero necesitaba tiempo para aceptarme a mí misma... y aceptar que una persona tan maravillosamente perfecta como tú sienta algo tan especial por mí.

Sara se quedó estupefacta. Al momento, la sonrisa que tanto había deseado ver se dibujó en su pálido rostro, al que regresó milagrosamente su cálido color, y me abrazó con fuerza, riendo, levantándome por los aires y colmándome de besos. Aquellos tiernos besos que no olvidaré nunca. También lloraba, no sabía qué hacer. Pero lo que nunca olvidaré fue su reacción al ver el regalo que le había preparado: un conjunto de ropa interior -carísimo, todo sea dicho- por el que miles de veces la había visto suspirar. Aunque más que un regalo para ella, lo era para mi vista. Ya la imaginaba envuelta en ese tul color violeta, en ese encaje negro que enmarcaba el transparente tul. Ya lo veía contrastando con su hermosa piel, ocultando solamente lo más preciado de su anatomía, aquello que me pertenecía.

Entre la poca tela que componía tan distinguidas prendas, una carta de amor escrita con una sinceridad extrema, que leyó enseguida. El conjunto prometió probárselo más tarde, teníamos que ir rápidamente a desayunar, y aquello “había que verlo con más calma”, dijo ella.

Me asusté un poco: tal vez jamás volviera a verla tan feliz. Bueno está, comenzaba a aprender cómo se le podía agradar. Por el momento, iba bien.



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