Desde el otoño del 96 (XXVII)

jueves, 14 de enero de 2010


Capítulo VII

(Sara)


Si algo he aprendido con el paso del tiempo es que hay que tener una serie de prioridades. Por mucho que te agrade una cosa, tal vez debas renunciar a ella por otra que va a resultarte más fructífera a la larga. A veces más vale esperar para obtener algo realmente importante que destrozar ese mismo algo con las ansias de poseerlo en ese justo momento. A veces, también es mejor llevarle la contraria al famoso refrán de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. No hay nada fijo en esta vida. Hay que arriesgarse, también, a veces. Es todo un continuo tira y afloja, un arriesgar y un prevenir, una lista de decisiones que hay que tomar, así funciona la vida. Y hay que saber ganarle la partida.

Y como, ya sumergidos en el mundo de los refranes, “no hay mal que por bien no venga”, todo ese alud de inconvenientes, problemas, dudas y demás trabas desaparecieron al fin, dejando en su lugar una etapa de sosiego y relax ligada al mismo tiempo a momentos de acusada carga emocional, inundados de novedades y sorpresas, la etapa que, convencionalmente, debería haber correspondido a la primera fase de la relación, aunque en nuestro lugar, entre que todo fue fruto de una infidelidad mía, que luego la infidelidad acabó en punto y final de una larga relación, mis emociones a causa del cambio tan a flor de piel y la falta de adaptación a nuestra nueva vida en común por parte de Esther, no se dio, cronológicamente hablando, a su debido tiempo.


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