AMORES DE INFANCIA de MÓNICA MARTÍN

miércoles, 11 de abril de 2012

Os dejo otro relato escrito por Mónica Martín para la sección Tomates Verdes Crudos de Universo Gay

AMORES DE INFANCIA

No sabía lo que era el amor, no como lo entiendo hoy. Sabía cuál era la diferencia entre las personas que eran adultas y aquellas que no lo eran. Entendía perfectamente cuál era la diferencia entre las chicas que íbamos a sexto de EGB y las que iban a séptimo. Sabía que estribaba básicamente en llevar sujetador o no llevarlo, en ese hecho tan simple, tan meridiano, tan obvio. Alrededor de ir a comprar un sostén o no comprarlo, giraban un millón de cosas. Giraban los libros, las bibliotecas, las materias y el haber pasado de ciclo escolar. Giraban los amigos, las amigas de siempre que habían ido contigo a primaria y aquellas nuevas personas que aparecían en tu vida sedientas de sangre fresca. Giraban los chicos de veinte para arriba que iban a las discotecas de menores a ligarse a la chica más popular de catorce. Giraba la exploración en otro mundo distinto de ocio o la exclusión de este. El ser guay o no serlo. Giraban las relaciones con los demás, cómo se tejían con la gente que estaba más allá de séptimo y con la que incluso repetía curso y en ese pequeño estrato de la sociedad Egeberiana (apodemos así a aquella época de nostálgicos que crecimos en un mundo en el que repetir era lo normal cuando suspendías dos asignaturas) encontré a L.

Yo me acuerdo perfectamente del día que conocí a L. Tenía unos enormes ojos de color avellana, la piel aceitunada, la cintura de avispa, las piernas fuertes, el pelo castaño claro casi rubio y siempre sonreía. Era una cualidad de ella que me encantaba. Siempre estaba sonriéndome y sonriéndose, mostrándole al mundo sus enormes dientes blancos, nuestros enormes dientes blancos; sus gigantescos ojos color avellana, mis gigantescos ojos negros. Nos dábamos miedo, como el miedo que dan los espejos a las personas que no están acostumbradas a verse de cerca, al reflejarnos la una en la otra sin saber muy bien qué era aquello qué estábamos reflejando, nos dábamos un miedo atroz. Era una chica alegre, sencilla, de una familia humilde. Era un año mayor que yo y el año que la vi por primera vez, repetía curso.

Caminaba con ese aire, ya sabes que aire, el que transmitía o intentaba transmitir, que allí había demasiado material vital para su edad. Parecía llevar tatuado en la frente,
eh! Ando repitiendo curso. Sólo ese hecho le conminaba un aura de rebeldía irresistible. Nos hicimos amigas al instante. La comunicación, la empatía, la complicidad, la proximidad, se instalaron entre nosotras, tendieron un puente desde el primer instante. Éramos tan afines que parecíamos dos gotas de agua. Estábamos siempre tan cercanas la una a la otra que resultaba difícil pensar en nosotras como otra cosa que no fuese un binomio indisoluble. Andábamos mezclándonos en las relaciones a terceros y entre nosotras, acortando centímetros de aire en nuestros abrazos, en nuestras manos, en nuestros ojos, hasta que un día estuvimos cerca, muy cerca, tanto que ella se preguntó; tal vez porque era mayor que yo y ciertos comentarios de nuestro círculo más próximo habían empezado a divagar sobre esa relación tan rara; si aquello, aquel cariño, afinidad, complicidad, cercanía, sentimiento era normal.

Repito, insisto. Se preguntó si era normal.

Debo reconocer que he sido una incapaz emocional hasta hace muy poco, que me ha costado un océano de soledad transmitir emociones y sentimientos y, hoy todavía, cada vez que siento que quiero a alguien, cada vez que hay un sentimiento que me desborda, me hago una coraza, me alejo, pongo distancia, hago lo que sea con tal de que no vean, de que no me huelan, de que no me sientan. Hago lo que sea con tal de que no haya nadie que tenga que preguntarse si ese sentimiento es lo normal. Ese o cualquier otro. El problema cuando empiezas a construir murallas es que al final resulta más fácil ponerlas para todo y ahorrarte el sufrimiento de darte a los demás.

Hasta aquel momento yo viví feliz mi cambio de la niñez a la adolescencia. El día que su pelo se erizó mientras yo estaba tumbada en sus rodillas mirándola a sus enormes ojos marrones, se acercó para darme un beso en los labios y de una forma totalmente natural me dijo:
te quiero. Cambió para siempre la expresión de su mirada. Había como un interrogante, un enorme y brutal interrogante que estaba invandiéndola por completo y que no la dejaba respirar. Me miró, se miró. Apretó los labios con rabia y mostró al mundo un gesto de enfado que se ha instalado en ella para siempre. Siempre que la miro y me mira, hay un enfado y un interrogante que nacieron ese día y que todavía no se han ido.

Se apartó bruscamente no solo de mí, hubiera pagado gustosamente con mi dolor sus cien años de felicidad, sino de ella y se preguntó en voz alta si aquello era normal.

¿Normal?

Mortal.

Quería morirme. Durante los siguientes siete años no tuve lugar en el que ocultarme de lo que sentía. Estaba tan cercano a mí el sentimiento y ella tan lejana de sí y de mí misma, que daba miedo. Ella siguió a mi lado, como amiga, como una de mis mejores amigas. Una amiga con la que siempre estaba discutiendo por cualquier tontería, con la que siempre tenía una excusa para enfadarme.

Que bonitos tus ojos marrones princesa, podría habértelos lamido, primero uno y luego otro, durante esos siete años.

Que bonitos tus dientes grandes y blancos. Tu sonrisa, reina, esa felicidad que no perdías aunque ardiera Troya.

Y tus piernas, que bonitas y fuertes tus piernas. Cuánta sensualidad. Cuánta energía y fuerza para salir corriendo y competir por ser alguien en esta jodida carrera que es la vida.

Que bonito tu beso, tan sencillo, tan natural, tan obvio, tan contenido, tan casto, tan puro, tan cargado de algo verdadero que despertaba envidias en casi todas las personas que teníamos alrededor.

Que feo el tener que preguntarse si aquello que te hace feliz es lo correcto. Cuántos años más vamos a tener que perder, desperdiciar, echar por el retrete si nos tapamos con un velo negro de la cabeza a los pies y no queremos salir a la calle porque tenemos miedo. Porque alguien se ha empeñado en decirnos desde que somos muy, muy pequeños, lo suficiente para que no podamos defendernos que lo que estamos sintiendo no es normal. Como si fuera normal que se abrieran las aguas, que se mataran los hermanos, que se azotara a la gente en los mercados públicos. Como si fuera normal el uso y el abuso de la lengua, la educación, la cultura, el poder y el dinero para estigmatizar a las personas por haber nacido con un color, un sexo o la ausencia de él, una raza, una orientación sexual o una necesidad, sencillamente de ser feliz.

Como si fuera normal pasarse la vida teniendo miedo, unas relaciones sexuales cuyo fin es la reproducción y que no te hacen feliz. Como si fuera normal opinar de cómo deben vivir su vida los demás mientras tú te confinas en una cripta que es el patrimonio que le has robado a la humanidad durante milenios.

Como si fuera normal quedarse tan tranquilo mientras la gente se muere de hambre y sida y predicamos que el uso del preservativo es inmoral. Como si fuera lo más normal de este mundo proteger los crímenes de odio, las infancias partidas por la mitad a causa de la pederastia, la hipocresía del que pide que no seamos amorales mientras la goza con los hijos de las familias heterosexuales que les confían la educación de sus hijos.

No saben ustedes nada de la normalidad.

Lo que no es normal es que haya personas que decidan como deben vivir otras su felicidad.

Lo siento pero no, ya está bien, hemos tenido suficientes persecuciones, agresiones y crímenes de odio en este siglo. Demasiadas personas han muerto solas, muertas de miedo en sitios oscuros, pagando con sus vidas la ira o la represión de otros. No es un crimen enamorarse de una persona de tu mismo sexo. No es un crimen nacer en un cuerpo equivocado, no es un crimen intentar ser feliz, es lo que toda la sociedad persigue. No es justo el acoso y el asedio al que te someten desde que eres muy pequeña. No lo es.

¿Creen ustedes en el amor? Hagan que la gente se ame y no fomenten más las guerras, los odios y las separaciones entre los pueblos de la tierra.

6 comentarios:

María Valiente dijo...

Tiene muchísima razón. Y creo que a mí también me pasó algo así. La otra parte nunca lo reconocerá.

pixel dijo...

Qué triste :(

leonardo asimov dijo...

"....Porque esta gran humanidad ha dicho: basta! ...y ha echado a andar....." Ernesto Guevara "Ché"
Expresar tu verdad, vivir tu verdad, hacer tu verdad, construye NUESTRA verdad. Para que el mundo sea libre cada uno de nosotros debe ser libre.
Amar a los demás consiste en respetar lo que ellos han elegido ser.Más allá de la mera tolerancia está la aceptación plena del otro. Lo único que no debemos tolerar es la intolerancia. Las expresiones del Amor son múltiples:
http://imagin-accion.blogspot.com/2012/04/blog-post.html

pixel dijo...

He visto tu imagen, Leonardo, y más claro imposible. Realmente es lo que hay, personas y nada más. Gracias por compartirla.

Besos

Aquí me quedaré... dijo...

Oyendo al obispo de Alcalá...con esa carita tan sonrosada y femenina que da mucho que pensar.

Tenemos leyes, eso sí. La realidad es otra. Todavía escuece este país de mis amores.
De verdad, doy las gracias a mis padres por haberme educado en la no diferencia y de eso hace muchos, muchos años.

Un abrazo

pixel dijo...

La educación es lo más importante y la base de los prejuicios o no prejuicios.

Reconforta saber que en tu caso te educaron en la tolerancia y el respeto a los demás.

Un beso