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AMORES DE INFANCIA de MÓNICA MARTÍN

miércoles, 11 de abril de 2012

Os dejo otro relato escrito por Mónica Martín para la sección Tomates Verdes Crudos de Universo Gay

AMORES DE INFANCIA

No sabía lo que era el amor, no como lo entiendo hoy. Sabía cuál era la diferencia entre las personas que eran adultas y aquellas que no lo eran. Entendía perfectamente cuál era la diferencia entre las chicas que íbamos a sexto de EGB y las que iban a séptimo. Sabía que estribaba básicamente en llevar sujetador o no llevarlo, en ese hecho tan simple, tan meridiano, tan obvio. Alrededor de ir a comprar un sostén o no comprarlo, giraban un millón de cosas. Giraban los libros, las bibliotecas, las materias y el haber pasado de ciclo escolar. Giraban los amigos, las amigas de siempre que habían ido contigo a primaria y aquellas nuevas personas que aparecían en tu vida sedientas de sangre fresca. Giraban los chicos de veinte para arriba que iban a las discotecas de menores a ligarse a la chica más popular de catorce. Giraba la exploración en otro mundo distinto de ocio o la exclusión de este. El ser guay o no serlo. Giraban las relaciones con los demás, cómo se tejían con la gente que estaba más allá de séptimo y con la que incluso repetía curso y en ese pequeño estrato de la sociedad Egeberiana (apodemos así a aquella época de nostálgicos que crecimos en un mundo en el que repetir era lo normal cuando suspendías dos asignaturas) encontré a L.

Yo me acuerdo perfectamente del día que conocí a L. Tenía unos enormes ojos de color avellana, la piel aceitunada, la cintura de avispa, las piernas fuertes, el pelo castaño claro casi rubio y siempre sonreía. Era una cualidad de ella que me encantaba. Siempre estaba sonriéndome y sonriéndose, mostrándole al mundo sus enormes dientes blancos, nuestros enormes dientes blancos; sus gigantescos ojos color avellana, mis gigantescos ojos negros. Nos dábamos miedo, como el miedo que dan los espejos a las personas que no están acostumbradas a verse de cerca, al reflejarnos la una en la otra sin saber muy bien qué era aquello qué estábamos reflejando, nos dábamos un miedo atroz. Era una chica alegre, sencilla, de una familia humilde. Era un año mayor que yo y el año que la vi por primera vez, repetía curso.

Caminaba con ese aire, ya sabes que aire, el que transmitía o intentaba transmitir, que allí había demasiado material vital para su edad. Parecía llevar tatuado en la frente,
eh! Ando repitiendo curso. Sólo ese hecho le conminaba un aura de rebeldía irresistible. Nos hicimos amigas al instante. La comunicación, la empatía, la complicidad, la proximidad, se instalaron entre nosotras, tendieron un puente desde el primer instante. Éramos tan afines que parecíamos dos gotas de agua. Estábamos siempre tan cercanas la una a la otra que resultaba difícil pensar en nosotras como otra cosa que no fuese un binomio indisoluble. Andábamos mezclándonos en las relaciones a terceros y entre nosotras, acortando centímetros de aire en nuestros abrazos, en nuestras manos, en nuestros ojos, hasta que un día estuvimos cerca, muy cerca, tanto que ella se preguntó; tal vez porque era mayor que yo y ciertos comentarios de nuestro círculo más próximo habían empezado a divagar sobre esa relación tan rara; si aquello, aquel cariño, afinidad, complicidad, cercanía, sentimiento era normal.

Repito, insisto. Se preguntó si era normal.

Debo reconocer que he sido una incapaz emocional hasta hace muy poco, que me ha costado un océano de soledad transmitir emociones y sentimientos y, hoy todavía, cada vez que siento que quiero a alguien, cada vez que hay un sentimiento que me desborda, me hago una coraza, me alejo, pongo distancia, hago lo que sea con tal de que no vean, de que no me huelan, de que no me sientan. Hago lo que sea con tal de que no haya nadie que tenga que preguntarse si ese sentimiento es lo normal. Ese o cualquier otro. El problema cuando empiezas a construir murallas es que al final resulta más fácil ponerlas para todo y ahorrarte el sufrimiento de darte a los demás.

Hasta aquel momento yo viví feliz mi cambio de la niñez a la adolescencia. El día que su pelo se erizó mientras yo estaba tumbada en sus rodillas mirándola a sus enormes ojos marrones, se acercó para darme un beso en los labios y de una forma totalmente natural me dijo:
te quiero. Cambió para siempre la expresión de su mirada. Había como un interrogante, un enorme y brutal interrogante que estaba invandiéndola por completo y que no la dejaba respirar. Me miró, se miró. Apretó los labios con rabia y mostró al mundo un gesto de enfado que se ha instalado en ella para siempre. Siempre que la miro y me mira, hay un enfado y un interrogante que nacieron ese día y que todavía no se han ido.

Se apartó bruscamente no solo de mí, hubiera pagado gustosamente con mi dolor sus cien años de felicidad, sino de ella y se preguntó en voz alta si aquello era normal.

¿Normal?

Mortal.

Quería morirme. Durante los siguientes siete años no tuve lugar en el que ocultarme de lo que sentía. Estaba tan cercano a mí el sentimiento y ella tan lejana de sí y de mí misma, que daba miedo. Ella siguió a mi lado, como amiga, como una de mis mejores amigas. Una amiga con la que siempre estaba discutiendo por cualquier tontería, con la que siempre tenía una excusa para enfadarme.

Que bonitos tus ojos marrones princesa, podría habértelos lamido, primero uno y luego otro, durante esos siete años.

Que bonitos tus dientes grandes y blancos. Tu sonrisa, reina, esa felicidad que no perdías aunque ardiera Troya.

Y tus piernas, que bonitas y fuertes tus piernas. Cuánta sensualidad. Cuánta energía y fuerza para salir corriendo y competir por ser alguien en esta jodida carrera que es la vida.

Que bonito tu beso, tan sencillo, tan natural, tan obvio, tan contenido, tan casto, tan puro, tan cargado de algo verdadero que despertaba envidias en casi todas las personas que teníamos alrededor.

Que feo el tener que preguntarse si aquello que te hace feliz es lo correcto. Cuántos años más vamos a tener que perder, desperdiciar, echar por el retrete si nos tapamos con un velo negro de la cabeza a los pies y no queremos salir a la calle porque tenemos miedo. Porque alguien se ha empeñado en decirnos desde que somos muy, muy pequeños, lo suficiente para que no podamos defendernos que lo que estamos sintiendo no es normal. Como si fuera normal que se abrieran las aguas, que se mataran los hermanos, que se azotara a la gente en los mercados públicos. Como si fuera normal el uso y el abuso de la lengua, la educación, la cultura, el poder y el dinero para estigmatizar a las personas por haber nacido con un color, un sexo o la ausencia de él, una raza, una orientación sexual o una necesidad, sencillamente de ser feliz.

Como si fuera normal pasarse la vida teniendo miedo, unas relaciones sexuales cuyo fin es la reproducción y que no te hacen feliz. Como si fuera normal opinar de cómo deben vivir su vida los demás mientras tú te confinas en una cripta que es el patrimonio que le has robado a la humanidad durante milenios.

Como si fuera normal quedarse tan tranquilo mientras la gente se muere de hambre y sida y predicamos que el uso del preservativo es inmoral. Como si fuera lo más normal de este mundo proteger los crímenes de odio, las infancias partidas por la mitad a causa de la pederastia, la hipocresía del que pide que no seamos amorales mientras la goza con los hijos de las familias heterosexuales que les confían la educación de sus hijos.

No saben ustedes nada de la normalidad.

Lo que no es normal es que haya personas que decidan como deben vivir otras su felicidad.

Lo siento pero no, ya está bien, hemos tenido suficientes persecuciones, agresiones y crímenes de odio en este siglo. Demasiadas personas han muerto solas, muertas de miedo en sitios oscuros, pagando con sus vidas la ira o la represión de otros. No es un crimen enamorarse de una persona de tu mismo sexo. No es un crimen nacer en un cuerpo equivocado, no es un crimen intentar ser feliz, es lo que toda la sociedad persigue. No es justo el acoso y el asedio al que te someten desde que eres muy pequeña. No lo es.

¿Creen ustedes en el amor? Hagan que la gente se ame y no fomenten más las guerras, los odios y las separaciones entre los pueblos de la tierra.

LA BIEN PAGÁ de MÓNICA MARTÍN

miércoles, 28 de marzo de 2012

Ayer leí un escrito, un historia sobre las consecuencias que puede tener el mantener una relación a base de celos injustificados, de intentar controlar aquello que más queremos a base de sometiemiento, maltrato físico o sicológico o ambos, con arrepentimientos que de nada sirven cuando una y otra vez volvemos a caer en lo mismo y todo por nuestras inseguridades o baja autoestima.

Este relato es contado por Mónica Martín en su columna Tomates Verdes Crudos de la página UniversoGay.Yo lo he leído y aunque el final es amargo al mismo tiempo es una triste realidad y que tal como acaban otras historias ésta después de todo debería ser el mejor final (es decir, parar los pies aquellos que nos hacen daño y lanzarse a una nueva etapas, sin miedos, porque el miedo reina precisamene en aquello que tanto daño nos puede causar) para acabar con relaciones tan dañinas como ésta. Espero que os guste.


Te digo que me marcho. No me toques. Voy cogiendo las pocas cosas que acumulé durante estos seis meses. No me toques. Te digo que no me cojas, que no intentes impedírmelo, que no quiero saber nada más de ti. Te aparto con un gesto brusco, con la amenaza velada de que esta vez si me tocas, voy a defenderme.

Puede que no tenga ni un céntimo con el que subsistir pero, te garantizo que si vuelves a ponerme una mano encima te vas a arrepentir.

Te digo que me sueltes. Me aprietas más fuerte. Me siento en tu cocina de 40 metros cuadrados, en la isla en la que hicimos el amor la primera noche. Tú, de frente a mi. Yo, de frente a ti. Nosotras, de frente a ese espacio abierto que ha resultado ser, hace menos dos minutos, un campo de batalla. Miro mi móvil. Está hecho pedazos. Al tirarlo contra la pared lo has hecho pedazos. En el fondo siento miedo, por eso pongo esta mesa de tres mil euros entre nosotras. Roja, como todo lo que hemos tenido hasta el momento. Roja, como la sangre que brota ahora de mi labio. Roja, como la rabia que siento cuando lo que más quiero me rompe en dos. Quiero llorar pero, me muerdo las ganas. En el fondo quiero quedarme, perdonarte, hacer el amor contigo como animales salvajes pero, sé que si me quedo, si vuelvo a quedarme una vez más, volverás a hacerlo.

Ya sabes el qué.

Pedirme, exigirme, controlarme, atarme, golpearme, desnudarme. Hacer el amor contigo es como ir a una trinchera, sabes que más tarde o más temprano llegará el momento en el que alguien te meta un tiro entre ceja y ceja.

Nos miramos con los ojos apagados y tristes, rabiosos, antes de simular lo que debería ser una despedida. En tu mirada habita un intenso presagio de derrota. Me susurras con los labios temblorosos:
Por favor, quédate. Se quiebran las distancias, en el inevitable sol de la mañana la duda se abre paso a bofetadas en mi cabeza. Tus palabras resuenan en el eco vacío de mi necesidad de quererte. Mi necesidad de adorarte. Mi necedad al creer que algún día sólo querrás acariciarme, nada más. Me miras, no sonríes, sólo me miras como si en realidad no hubieras cometido ninguna falta. Me pides perdón con los ojos sin emitir una sola disculpa.

Es imposible, te lo digo de verdad. Lo nuestro cariño, ya es imposible. No quiero saber que es lo próximo que tienes guardado para mí. He sido paciente, muy paciente. He hecho justo lo que me has pedido. No contarle a nadie lo nuestro. Todo lo nuestro. Ahora estoy enfadada y triste. Miro mis brazos. Moratones visibles en la sombra de mis brazos y este maldito sol que no cesa a través de tus persianas, porque si hay algo que me quedó claro por encima de todo desde que te conocí, es que esta casa siempre será tuya. Que estoy aquí de prestado, vale. Que no tengo ni donde dejar mi ropa interior, vale. Que es tu espacio, tu tiempo, el lugar en el que deberíamos habernos encontrado, vale. Tus reglas del juego, tu puto tablero. Vale. Que no quieres que deje mi cepillo de dientes en tu baño, vale, pero, por favor, déjame respirar, me estoy ahogando en este fino y raro papel de ama de casa que me has otorgado. ¿Quieres que me quede contigo, que me ponga ese velo negro por el cuerpo, que sea tu amante, tu mujer, tu fiel y leal esposa?. VALE.

Decías que no querías que nuestra relación se viese afectada por tu dinero pero jamás dejaste de hablar de él. Al final he descubierto que estás tan enamorada de todo lo que te rodea, de todas estas cosas caras de las que te rodeas que podrías mojar las bragas solo con recordarlas. Seguro que en la oficina no piensas en mí, piensas en tus cuadros y tus sábanas de cuatrocientos hilos. Piensas en los cuatrocientos metros cuadrados de tu casa en los que yo no tengo cabida. Piensas en lo preciados que son los tesoros que acumulas y crees que quiero arrebatártelos. Yo tenía para ti algo que no puedes comprar, tenía este sentimiento dulce y cálido que me producían tus abrazos. Tenía algo que se parecía al amor. Tenía todo un mundo afectivo que ofrecerte. Tenía orejas y oídos para digerir cualquier cosa que quisieras compartir conmigo.

Sabes que es cierto. Lo sabes, no niegues con la cabeza. Lo sabes.

Te interrogo con las pestañas. Está claro, cristalino, quieres que olvide de nuevo, que obvie lo que inevitablemente ha sido la gota que ha colmado mi vaso. No te aguanto ni un segundo más. Ni a ti, ni a tus celos, ni a tus ataques de ira. Veo asomar lágrimas en tus ojos, o eso me hubiera gustado creer, así habría culpa que frenara el abandono. Nunca supe qué decir ante el dolor ajeno, tal vez la adormidera barata de la vida ayudase, haciendo de la nuestra una vía estrecha de comunicación. Voy a beber, voy a volver a beber aunque sean las ocho de la mañana. Aunque el Vodka se mezcle con la sangre caliente de mi labio. Voy a hacerlo para no tener que sufrir ni un segundo más tus ojos de cordero degollado.

Es que me insulta, tu lastimera y sádica, presencia me insulta.

Voy al salón y cojo la botella. Voy pisando el dantesco espectáculo de cosas, todas tuyas, que han salido volando tras tu último ataque de celos. Recojo mi taza, la que has tirado a la moqueta tras la explosión de ira. Mezclo Vodka caliente con pelusas, con suciedad, con la ira contenida de la rabia de tu infancia. Con tus maltratos, tus abusos, tu permanente y continuo cabreo con el mundo. Lo mezclo con una historia que no conozco, que no me has contado pero, que sé que te hace daño. Sé que nos hace daño. Ya no me vale como excusa que me guardes un secreto que ha roto mi vida por la mitad. Ya no quiero saber qué es lo que te ha hecho tanto daño, sólo, tan sólo, quiero sentarme frente a ti con esta taza llena de Vodka caliente y el dolor de tu infancia y beberme despacio esa rabia, esa puta rabia que ha acabado con cualquier sentimiento parecido al amor que yo tuviese hacia ti. Porque si hay una cosa que tenía meridianamente clara, Clara, es que yo me estaba enamorando de ti. Como una colegiala que está a punto de levantarse la minifalda hasta la cintura y dejar que la penetres por detrás, hasta ese punto de sumisión estaba enamorada. No te hacía falta controlarme e intentar meterme en una cápsula, Clara. Yo, de verdad, me estaba enamorando de ti. Ahora no, ahora ya solo quiero que me veas bien la cara, que veas como resbala la sangre por mi labio. La sangre que tú has hecho brotar. Solo quiero que mires mis brazos llenos de moratones en diferentes tonalidades que responden a los distintos días en los que has ido agarrándome como si fuera de tu propiedad para interrogarme.

Ahora solo quiero que veas como no te aparto la mirada mientras me termino lo último que tú vas a pagarme en tu vida. Esta taza llena de Vodka y pelitos de la alfombra y dolores de tu infancia.

Solo quiero que gimas, que te duelas, que te rompas delante mío mientras sangro las gotas del último bofetón que vas a darme en tu vida. Piensa que cuando termine esta taza de alcohol puro saldré, con mi cepillo de dientes de marca blanca, por esa puerta y no volverás a verme nunca más en tu vida.

Piensa que esta es la última imagen que vas a tener de mí, de mis ojos que eran tuyos, de mis manos que eran tuyas, de mis labios que eran tuyos, de todo mi ser que era tuyo hasta que decidiste lo contrario.

"SALIR CORRIENDO" de MARÍA VALIENTE

miércoles, 29 de febrero de 2012

Como sabéis nuestra compi María Valiente fue una de las 26 finalistas del concurso de relatos LGTB organizado por la localidad canaria de Corralejo (Fuerteventura).

Por gentiliza de María, os dejo a continuación su relato finalista, el cual doy por sentado que os gustará.

SALIR CORRIENDO

Hoy te he visto correr. Apenas podía creerlo, y he llegado a casa llorando de la emoción.

Durante todos estos años no he dejado de darle vueltas a tus piernas, y a aquel momento en que dejaste de funcionar, aquel momento en que rompí mi juguete más preciado. Fue sin querer, pero creo que nunca te quedó muy claro.


Yo tengo grabado a fuego ese momento en que me equivoqué, y te dejé escapar, muerta de miedo. Aquel momento en que me desvelaste tu secreto más íntimo, que tú me amabas, que eras una mujer que amaba a otra mujer, y que esa mujer era yo. La historia típica-tópica en la que dos amigas generan un vínculo tan intenso e inquebrantable, que un buen día, una de las dos revela a la otra que la ama en secreto, y esta otra envenena su corazón con un veneno llamado decepción. El resto de ingredientes para tal pócima son la rabia, el miedo y la contrariedad.


Yo me sentí profundamente engañada. Para mí, todos los buenos momentos, los detalles, el cariño que me habías profesado, no eran más que artimañas para adentrarte en mi piel, para llevarme por un camino antinatural que en absoluto deseaba. Sólo de pensarlo se me revolvían las tripas. Que el mundo no está hecho así. Que sólo hay que mirar los libros de ciencias naturales. O las leyes, las cuales aún no se han modificado del todo. Que se podrán casar las parejas de chicos, y las de chicas, y al paso que va la burra, va a pasar como con Calígula, que nombró como sucesor de su imperio a su propio caballo. Todo permitido. Pero se sigue nombrando esta unión como matrimonio. Ni siquiera la terminología es la exacta.


Ya lo ves, pequeña atleta, estás absolutamente equivocada con tu forma de ver el mundo. Sí, es una enfermedad lo que tú tienes. Tu cuerpo está creado para que se acople a otro completamente distinto, ¿no lo ves? Está por todas partes. En los cuentos, en la publicidad, allá donde mires. Es algo que lleva implícito cualquier detalle que conforma nuestro entorno. Y tú te empeñas en darle la vuelta a la tortilla, y nunca mejor dicho.


Yo te veo preciosa, tal cual estás. Con tu melena larga, lisa y brillante, como yo la quiero, con tus formas proporcionadas, tonificadas, de mujer femenina pero deportista. Tu sonrisa, tu presencia impoluta en cualquier ocasión. Esa clase que tienes para aparecer en cualquier parte y deslumbrar. Y no lo entiendo. No sé qué quieres de la vida. A veces me sigue pareciendo una broma pesada que dijeses eso de que eres lesbiana. ¿Qué pasará cuando encuentres una pareja (lesbiana)? No quiero ni pensarlo. Seguro que empezarás a vestir como un macho cabrío, caminarás diferente, te descuidarás. Un día aparecerás con el pelo corto y sin pintar. Y adiós tacones y todo eso que te queda tan bien. Te fotografiaría una y otra vez, como antes, simplemente para ilustrar la belleza. Pero sinceramente, creo que tanto si encuentras pareja como si la sigues buscando, te volverás así para que sea más fácil, ¿verdad? Pensarás que si te pareces más a un chico que a una chica, gustarás más a las chicas. De verdad, no puedo seguir pensándolo.


Pero hoy te he visto correr, después de cinco años. Si es que fue culpa mía, y lo sé. Cuando intenté escapar de tu verdad, corriste tras de mí para que te escuchase. Y yo me puse tan histérica que comencé a hacer aspavientos para librarme de ti, y en el momento en que pusiste tus manos alrededor de mi cuerpo, fue tan intensa la repulsión que te empujé, y tú caíste tan mal que te destrozaste la pierna desde la cadera hasta el tobillo. Fui tremendamente cruel al dejarte en la puerta de urgencias y salir huyendo.


No creas que no me dolió. Estuve llorando, y me escocía cada vez que te cancelaba las llamadas. Pero con el paso del tiempo todo el rencor y el asco se transformaron en culpabilidad y deseos de que recuperases esa pierna tan escultural y volvieses a correr. Esa era verdaderamente tu pasión. Por mucho que dijeses que era yo, sé que correr era lo que más felíz te hacía. Pero yo te lo quité todo en un momento. Tus dos amores. Porque me enteré del diagnóstico. Y sé que te dijeron que no volverías a correr. Pero tú siempre tan fuerte, siempre tan perseverante...


Te he visto pasar corriendo, con tu cabello ondeando al viento, como suele decirse. Sí, es cierto que tienes una cicatriz, no he podido evitar fijarme. Pero tienes las piernas más bonitas que haya visto jamás. Te sientan genial las calzonas. Cinco años después, estás todavía más preciosa, si cabe. Me ha subido una náusea de pensar quién estará acariciando tu belleza. Pero ahora que lo pienso con detenimiento, en mi casa, creo que no es porque me repugne tu decisión, tu orientación, o como quieras llamarlo. Creo que eran auténticos celos por si acaso habías encontrado a alguien.


Yo y mi egoísmo, ¿no? No sé si siento algo por ti. Llevo cinco años dudándolo, desechando esa idea. Pero no estés con nadie, porque nadie te merece, eres demasiado buena para cualquiera que te vayas a cruzar. Alguien como tú no se encuentra todos los días. Y lo cierto es que hace cinco años que todos los intentos de relaciones amorosas me salen mal. Incluso los encuentros sexuales, no acabo ninguno. Y te parecerá ridículo (afortunadamente aún no he decidido si te entrego o no esta carta), pero la única manera de sentirme bien es masturbarme desnuda ante el espejo. Debo estar volviéndome majareta. Mirar un cuerpo femenino. Lo miro y no me veo a mí. No sé lo que veo. Pero sé que te he visto correr nuevamente, y lo que un día te robé lo has recuperado. Y he entendido que lo otro que creí haberte robado, no te lo robé a ti. Lo he perdido yo. Saliste corriendo, esta vez tú.


Y no me atrevo a correr tras de ti.

UN CHUPITO DEL AMOR de MÓNICA MARTÍN

miércoles, 15 de febrero de 2012

Os dejo este relato escrito por Mónica Martín publicado en la web de universoGay. Espero que os guste.



Me acuerdo de la primera vez que vi a mi mujer. Le miré el culo. Después se giró y pude ver sus ojos. Unos ojos de color marrón muy oscuro que parecían negros por la iluminación de una tarde larga de verano. Casi no fijaba la mirada en mí, cuando encontrábamos nuestros ojos deslizaba las pupilas hacia abajo. Yo quería que me mirara a los ojos. Ella bajaba continuamente la mirada. Llevaba días, semanas, meses, calentando el primer encuentro. Había un componente de fantasía enorme que generó una expectación en mí que se veía continuamente frustrado por la sensación de que, en el fondo, pesé a que por correo electrónico parecía lo contrario, no terminaba de despertar esa atracción animal que yo esperaba entre las dos. Me pasé toda la noche apoyada en la barra de una discoteca hablando con una amiga que era camarera y viendo como bailaba con todo el mundo menos conmigo. Entonces ella, mi amiga, tuvo una gran idea: Vamos a darle el chupito del amor.

El chupito del amor no es una poción mágica, ni un sortilegio, ni un conjuro, ni un amarre. Es sencillamente una confrontación de la realidad. Un espejo que puso delante de sus ojos para colocarla frente a mí, y conseguir que finalmente se centrara en el objetivo de esa noche, que debía ser yo, y todas las expectativas y esperanzas que había estado coleccionando durante las tensas semanas en las que nuestra vía de comunicación era el correo electrónico. Mi amiga, Cris, era una cachonda. Una perro flauta, más hetero que los príncipes azules de Disney. Estaba como una cabra. Tenía la mala costumbre de fumarse hasta el césped del parque pero, había veces, había algunas veces que decía o hacía cosas que te hacían plantearte si verdaderamente no estabas delante de un genio. Cogió un par de botellas, llamó a su compañera de barra que estaba más buena que el pan con chorizo, lleno dos vasos de chupito y en un bar que estaba totalmente fuera de contexto en aquella situación, en el que solo había
machos ibéricos que nos rodeaban y querían aparearse con la fauna y flora autóctona, la enganchó por la cintura y le dio un beso de tornillo. Por un momento sentí que el tiempo se detenía. No podía tragar saliva. Ni casi respirar. Luego puso dos vasos limpios en la barra, los llenó hasta arriba, y nos dijo: Os toca.

Nunca he sido de llevar la iniciativa, por hache o por be me ha tocado casi siempre pero, es algo que odio. La mayoría de la gente que conozco tiene una imagen de mí bastante alejada de la realidad. No soy esa seductora que parezco, no quiero serlo, en parte porque me da una pereza tremenda calentar una situación de seducción unilateral y en parte, porque tengo un miedo espantoso al rechazo. No obstante, no me quedó otra; dado que Rachel no quería mirarme a los ojos y que yo no podía dejar de buscar los suyos porque me parecían preciosos; que dar un paso hacia delante y darle un casto pero, caliente beso en los labios. No demasiado atrevido pero, tampoco demasiado frío. Sembrando un acercamiento o intento de copula, o de romance, o de sexo, o de intercambio de orgasmos mutuos o de lo que fuera. Ya no sé si quería que eso en realidad sucediera así o lo que verdaderamente me hubiera gustado es que hubiéramos ido al cine, nos hubiéramos cogido de la mano entre las sombras de una súper producción americana y tras cruzar furtivamente las miradas, en medio de una sala tranquila, sin ruido, con millones de glotones que van a sentarse en las salas multicines sin otro objetivo que ingerir 3000 calorías por sesión, nos hubiéramos dado un beso lento, tranquilo, con nuestras lenguas buscándose y atrapándose despacio, en la quietud y la tranquilidad de un lugar oscuro e íntimo en el que probablemente nadie nos iba a reprobar nada. He de reconocer que la culpa de lo que pasó aquella noche fue mía y tal vez, por eso, ahora intente compensar esa falta total y absoluta de elegancia queriendo ser la mujer más romántica del mundo, a la que el sexo, la furia sexual más bien, no parece importarle. Yo construí ese plan, llevarla a cenar, a tomar unas copas, con el objetivo de seducirla; aunque fuera unilateralmente con esos ojazos me daba lo mismo; quería relajar esa tensión, esa timidez, esas ganas de besarme que ardían en el fondo de sus pupilas y que la delataban cada vez que, estrellaba contra el asfalto caliente su timidez, su vergüenza y puede que también su culpa
.

Yo construí ese plan, y justo antes de la poción mágica me parecía el mejor plan del mundo. Cenar, tomar una copas y después lo lógico era que cayese entre mis brazos, que tuviésemos un encuentro sexual espectacular, emotivo, apasionado, tierno. No podía ser de otra manera, no quería que fuese de otra manera. No estaba preparada para lo que vino después.

¿Sabes cuál es esa sensación en la que te asomas a un puente, ves pasar un arroyuelo debajo y crees que no será lo bastante profundo, si te caes, como para rebotar todo tu peso hacia arriba y permitir que respires pero, aún así, te tiras conteniendo la respiración esperando que suceda el milagro por el qué consigas flotar en una corriente de agua que no alcanza los veinte centímetros de profundidad?. Pues esa sensación fue la que tuve yo, cuando al cruzar la puerta de casa de su mano, nos dimos el primer beso. La de que estaba cayendo puente abajo, sin arnés, ni medidas de seguridad, ni seducción previa, ni ganas de intentarlo, ni pupilas que nos mirasen. Sin chupitos del amor, ni de sexo, ni de nada. Sin profilácticos emocionales, ni salas de cine, ni niños que lloran o móviles que suenan en la oscuridad de una sala de cine de medio pelo. Sin canciones lentas en una sala atestada de borrachos, ni penes semierectos que esperan de ti más de lo que tú misma puedes ofrecer. Sin nada más que dos bocas, dos lenguas, las manos entrelazándose en unos cuerpos que son desconocidos pero, que están calentando rápidamente para un deporte que no conocen, tienen la esperanza de conocerse rápido para darse todo el placer que se merecen. Sin calma, sin pausa, sin consuelo, sin ansiolíticos, sin botellas de oxigeno ni derivados de los opiáceos, sin represión mundana pero, sobre todo sin ese vacío que había guardado en soledad durante mucho tiempo y que ahora salía en estampida por todos los poros de mi piel.

Definitivamente yo no estaba preparada para todo lo que vino después. Ya sabes, de beberme el chupito de un solo trago. No estaba preparada para no poder dejar de pensar en ella. No poder quitarle las manos de encima, no querer ni intentarlo. Buscar sus ojos, sus pestañas, sus abrazos y esperar que sean estos gestos sencillos los que te saquen de un dolor antiguo. Verme desnuda, descubierta, expuesta frente a una mujer que se suponía que era la representación de la timidez en el mundo pero, que sin embargo, me había dado una lección de madurez y emotividad cada vez que hacíamos el amor en cualquier cama que nos prestasen o pudiésemos alquilar. Encontrarme, porque sí, con la imagen que me devolvía de mi misma. La de una niña que estaba demasiado enfadada con el mundo y en el fondo lo único que estaba buscando, pese al artificio con el que lo rodeaba todo, era un poco o un mucho de ese cariño que te falta en los momentos más fundamentales de tu vida.

Me acuerdo de la primera vez que vi a mi mujer y pensé que con aquella preciosidad podría, si ella quisiera, pasar el resto de mis días. Después me tragué aquella bebida maldita y tuve la certeza de que sería para siempre.

Fuente: UniversoGay

Provocaciones

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Tras haberse conocido Isa y Lourdes, no sólo en su primera cita sino después de haber compartido todas sus intimidades, Lourdes decide enviarle a su nena una foto de su cara; pero no es una foto cualquiera pues en ella se ve reflejada la expresión que se puede observar en una mujer cuando alcanza su máximo placer, su máximo nivel de excitación.


Isa al ver esta foto decide enviarle a su amante una foto más atrevida que la enviada por su chica. En dicha foto aparece desnuda, en una postura sumamente erótica, es decir, echada en el suelo, con sus pechos turgentes recorridos por gotas de agua y dejando ver algo de su coño. Su cabeza se apoya en la mano izquierda al mismo tiempo que un ventilador airea sus hermosos y sueltos cabellos rubios. Sonriente, mordiendo ligeramente su labio inferior mira al objetivo de la cámara con una expresión de máximo erotismo.


Lourdes, después de ver la foto se empieza a quitar la ropa. Completamente desnuda, enciende su cámara de vídeo, se sienta en el suelo y toma una postura semisentada, la cámara capta tanto su cara como su cuerpo desnudo.


Ella se chupa el dedo índice de la mano derecha y con él recorre todo su cuerpo, el cual empieza a humedecerse ayudado no sólo por la excitación que en esos momentos esta mujer está experimentando sino también por el ambiente caldeado existente en la habitación. Su dedo índice recorre su frente, su nariz, sus labios, baja por la barbilla, pasando por el cuello hasta llegar a sus pezones durillos. Es en su pezón derecho dónde se detiene y aprieta la puntita con sus dedos índice y pulgar; seguidamente hace lo mismo con su otro pezón.


Cuando llega a su coño, humedece en su boca todos los dedos de sus dos manos, abre sus labios e introduce un consolador. Luego se toca suavemente su clítoris y se vuelve a meter en su boca sus dedos mojados por el flujo procedente de su coño húmedo. La cámara lo está captando todo, capta la excitación de placer reflejada en su cara cuando llega al primer orgasmo, seguido de sucesivos orgasmos.


Igualmente, la cámara capta los continuos gemidos que emite Lourdes y frases como: ¡Oh, Isa, sigue!, ¡Cómo me pones!, ¡ahhhhhhhhh!, ¡no pares!; pues toda esa excitación está motivada por las fantasías que Lourdes se crea en su cabeza a cerca de su amada. Además la cámara capta algo más y es cómo describirlo, un ruido suave, delicadamente delicioso que se produce cuando Lourdes excita su parte más íntima con su dedo índice, así como el jugo que continuamente produce su coño excitado.


Después de este placer, ésta se conecta al messenger y le envía el vídeo a su nena, la cual al ver parte de él, decide ponerle la webcam. Isa empieza a desnudarse, se sienta en su sofá y mientras ve el vídeo en otro ordenador, su chica ve como la cara de su mujer se va excitando de forma gradual. Isa se abre de piernas para que su chica vea a través de la webcam como se le va humedeciendo su clítoris a medida que moja el sofá. Tras ver el vídeo, ambas han conseguido correrse varias veces, conseguir un multiorgasmo y la prueba de ello es la mancha húmeda que Isa ha dejado en su sofá y Lourdes en su silla.

1ª Cita de Isabel y Lourdes

lunes, 7 de septiembre de 2009

Un día de verano Isabel y Lourdes deciden quedar en una cafetería de Madrid para finalmente, conocerse en persona. Ese día, por la tarde, la temperatura es caliente pero no es excesivamente elevada. Cuando Isabel llega a la cafetería climatizada, ve a Lourdes sentada tomando una granizada de limón y observa como ella, absorbe lentamente con una pajita ese delicioso líquido. En ese momento, Lourdes se da cuenta que una hermosa mujer de mirada celestial la está fijamente mirando. Isabel se acerca a la mesa, Lourdes se levanta y ambas sonriéndose se funde en un cálido abrazo.


Una vez sentadas, no pueden dejar de mirarse, sonriendo, a la cara. Después inician una conversación animada, se ríen, se cogen de la mano, casi sin darse cuenta, una a la otra, en diferentes momentos, tocan delicadamente con sus manos la pierna de la otra.


Después de conocerse un poco mejor, las dos deciden ir a los servicios de la cafetería. Ambas entran en el mismo servicio y es aquí cuando la temperatura ambiente empieza gradualmente a elevarse. Lourdes mira fijamente a los ojos de Isabel y le dice al oído: TE AMO. Seguidamente, Lourdes besa los labios carnosos de su chica, acaricia sus brazos, sus manos. La vuelve a mirar a los ojos y después con su lengua recorre lentamente su cuello; con sus manos le sube la camiseta y se la quita, desabrocha el sujetador y acaricia sus pechos, sus pezones. Inmediatamente, su lengua baja hasta sus pechos y lame los pezones de Isabel en forma de pequeños círculos, chupa la puntita de estos y sigue bajando.


Lourdes desabrocha los pantalones de Isa, se los baja lentamente y luego hace lo mismo con su delicado tanga rojo. La lengua de Lourdes recorre el ombligo hasta llegar al coño de ésta. Después con sus dedos índice y pulgar separa los labios de Isabel, para poder introducir aún más la punta de su lengua en el coño de su maravillosa mujer y saborear el delicioso y sabroso jugo que emana de la parte más íntima de su amada. Posteriormente, con su lengua y después con sus dedos, juega con el clítoris.


El cuerpo de Isabel está totalmente humedecido, sus pupilas se dilatan; empieza a gemir, con sus manos aprieta sus pechos también humedecidos, mira hacia arriba y es en ese momento cuando alcanza el tan esperado e inolvidable orgasmo que ella y su amor han soñado tantas veces que ocurriera.


Finalmente, Isabel se levanta lentamente, la vuelve a mirar, entrecruzan sus manos, se abrazan y se funde en un corto pero intenso beso de amor.

Pasión en un autobús

martes, 1 de septiembre de 2009

El siguiente relato fue una historia inventada que escribí hace mucho tiempo para participar en un concurso de relatos que hubo en un foro de Internet y que mi amiga Drea me ha pedido que lo comparta con los lectores de este blog.
No es un relato como para tirar cohetes, pues los hay mucho mejores. Pero bueno, yo lo comparto con vosotros y ya me diréis que os parece.



Pasión en un autobús:

Laura y su novia Patricia planean un viaje a Ribadesella (Asturias) para celebrar su primer año como pareja. Las dos mujeres viven la semana ilusionadas porque llegue el viernes y por fin, puedan irse de viaje. Tras cinco días con muchos nervios, llega el viernes y las dos chicas se dirigen a la estación de autobuses para coger el autobús Madrid-Oviedo (Asturias) de la Línea Alsa.

Curiosamente el autobús no estaba muy lleno y Laura y Patricia se sientan atrás del todo. “Por fin, llegó el día, cariño. Estos tres días que vamos a tener por delante van a ser los mejores de todo el año desde que estamos juntas” dice Laura. “Tienes razón, a mi me da igual ir a un sitio o a otro, siempre y cuando estés a mi lado” comenta Patricia. Y ambas mujeres se fundieron en un cálido beso.

Recorrido ya más de la mitad del trayecto, tras hacer una parada de 15 minutos en León, Patricia y Laura comienzan a besarse y a acariciarse. Patricia mira a los grandes ojos verdes de Laura, la besa y baja despacio su mano derecha hacia el botón de sus vaqueros, lo desabrocha y baja su cremallera. Por su parte laura mete sus cálidas manos bajo la camisa de Patricia y le desabrocha el sujetador. Los dedos de Patricia acarician suavemente el clítoris de Laura y ésta última muerde cariñosamente los pezones durillos de Patricia.

A medida que pasan los minutos, el clítoris de Laura se excita cada vez más y el roce de los dedos de Patricia con el coño húmedo, muy húmedo de su chica hace que ambas escuchen el excitante sonido que se genera debido a dicho roce favorecido por los flujos que emanan del coño cubierto por una fina capa de pelos rubios y rizados de Laura.

Antes de que Laura llegue al orgasmo, Patricia se agacha y acerca su dulce y también húmeda lengua al clítoris de su amante; mientras que la otra mujer enreda sus dedos en el pelo de su chica.

La excitación es cada mayor y cuando Laura está a punto de gemir de placer, patricia vuelve a tocar la parte más íntima de su chica con los dedos y la besa introduciendo su lengua en la boca de ésta e impidiendo así que los gemidos de Laura se escuchen en el autobús consiguiendo así que sea ella quien se deleite con los gemidos de su amor.

Cuando Laura llega por fin al orgasmo, su chica, como quien dice se ha quedado a medias. Asi que, Laura le dice a su Patricia: “Por qué no te abres de piernas, que yo me agacho en el suelo y te lo como”

Patricia se sube la falda, se quita su tanga y se abre por completo de piernas. Su coño depilado es saboreado por la lengua de laura, que lame sus labios y su clítoris con enorme agitación a la vez que succiona el flujo transparente de ese coño mojado, tan mojado que el cerco que deja en el asiento del autobús es cada vez mayor.

“Sigue, sigue. No pares, que ya llego. Mi vida, que ya llego”. Los dedos de los pies de Patricia se estiran y sus manos se agarran como pueden al filo del asiento. Abre la boca de placer y contiene sus gemidos; pero su expresión de máximo placer es difícil de ocultar, de disimular. Las pupilas de sus ojos brillantes y negros se dilatan hasta que al final todo cuerpo caliente, excitado y consecuentemente, su piel estirada, se relaja y sale de su boca un suspiro que denota el momento de relax que en ese momento se encuentra Patricia.

Laura, abajo, coge el tanga rojo de Patricia, mete cada una de sus piernas por él y antes de subírselo del todo le da un cariñoso beso en sus labios todavía húmedos.

El fin de semana que ambas amantes pasaron en Ribadesella fue inolvidable para ambas. La última noche, ya en el hotel, Laura y Patricia, después de hacer sus respectivas maletas, se metieron desnudas en la cama. Abrazadas las dos, comenzaron los besos y caricias. Patricia recorrió el cuerpo estremecido de su novia con su húmeda lengua. Fue bajando poco a poco, hasta que sus pechos turgentes y pezones duros rozaron el coño de ésta. En ese momento, patricia agarró su teta derecha y abriendo los labios de Laura, rozó su pezón con el clítoris de su amante. Eso le daba mucho placer a Laura. Después, hizo lo mismo con su otra teta izquierda. Ambas quedaron húmedas del flujo blanco que emanaba de la parte íntima de Laura.

Laura se levantó, cogió su cámara de vídeo y enfocó al culo de Patricia. Luego se acercó a ella, se metió de bajo de sus piernas y comenzó a comerle el coño. La cámara enfocaba el culo duro de Patricia, su flujo transparente y a Laura, comiéndole el coño de una manera tal que parecía extremadamente sedienta, siendo el flujo de su chica lo que le iba a saciar su sed. Laura abrió con sus manos el culo de Patri, introduciendo sus dedos en la raja del culo.

Los gemidos y jadeos de Patri, esta vez no contenidos eran cada vez más fuertes y agudos hasta que llegó al orgasmo.

Finalmente, las dos mujeres volvieron a abrazarse, besarse y a acariciarse hasta quedarse las dos dormidas (arropadas por la fina y casi transparente sábana) cuerpo con cuerpo.